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03 enero, 2009

LOS “CAMPEONES” DE LOS DERECHOS HUMANOS.-

HAMÁS ADVIERTE A ISRAEL DE QUE LA INVASIÓN DE GAZA SERÁ RESPONDIDA CON SECUESTROS.
En sus primeras declaraciones desde el inicio de la crisis, Bush exige al movimiento islámico que frene el lanzamiento de cohetes
El líder de Hamás en el exilio Khaled Meshal ha advertido a Israel de que el movimiento islámico está listo para resistir una hipotética invasión terrestre del Ejército israelí en Gaza. Además, ha dicho que la agresión podría provocar el secuestro de más soldados israelíes, según informa el periódico israelí Haaretz en su página web. "Si cometéis el acto estúpido de entrar en Gaza, quién sabe, podríamos tener un segundo o un tercer Shalit," ha dicho Meshal en referencia al soldado hebreo Gilad Shalit, quien fue secuestrado por milicianos en Gaza hace más de dos años.
En una comparecencia en televisión desde Damasco, Meshal ha dicho: "Estamos preparados para el desafío, esta batalla nos ha sido impuesta pero estamos seguros de que conseguiremos la victoria porque nos hemos preparado para ello", ha proclamado.
BUSH CULPA A HAMÁS.
La receta de Estados Unidos para poner fin a la ofensiva militar israelí sobre Gaza es prácticamente un calco de la postura que mantiene el Ejecutivo hebreo. Al igual que el primer ministro israelí Ehmud Olmert, George W. Bush considera que la culpa de la actual situación la tiene Hamás y que por ello recae en el movimiento islámico la responsabilidad de propiciar un alto el fuego.
"Hace 18 meses, Hamás asumió el control de Gaza y desde entonces ha importado miles de armas, cohetes y morteros", ha dicho Bush en un discurso radiofónico tradicionalmente difundido los sábados, pero que fue adelantado al viernes por la Casa Blanca.
En consonancia con su colega israelí, el presidente estadounidense ha reclamado el establecimiento de una supervisión internacional que obligue a Hamás a respetar una eventual tregua. Además, ha acusado a Hamás de utilizar a la población como escudos humanos. "Como parte de su estrategia, los terroristas de Hamás a menudo se ocultan detrás de la población civil, lo que pone en riesgo a palestinos inocentes. Lamentablemente en los últimos días han muerto civiles palestinos".
En sus primeras declaraciones públicas desde que Israel lanzara su operación militar de castigo hace siete días, Bush ha reclamado a Hamás, que controla política y militarmente Gaza, que frene los ataques con cohetes contra territorio israelí. "Cualquier otro alto el fuego unilateral que conlleve nuevos ataques con cohetes contra Israel no es aceptable"
Estados Unidos siempre ha defendido el derecho de Israel, su más fiel aliado en la zona, a defenderse de los ataques con cohetes. Al menos 429 palestinos han muerto en siete días de bombardeos en Gaza y otros 2.000 han resultado heridos. Los cohetes lanzados desde Gaza han acabado con la vida de cuatro israelíes en el mismo periodo de tiempo.
Bush también ha expresado su preocupación por la crisis humanitaria que se cierne sobre Gaza, donde viven en condiciones precarias más de un millón y medio de personasm, y ha dicho que Estados Unidos ya ha ofrecido 85 millones de dólares de urgencia para paliar esa situación.
"Hamás ha demostrado que no tiene intención de servir al pueblo palestino", ha denunciado Bush, que ha lamentado que el movimiento islámico emplea los recursos que tiene para la guerra en vez de para construir escuelas o carreteras.
El presidente saliente de EE UU también ha pedido a otros países que presionen a Hamás para que deje de hostigar a Israel y apoye al presidente palestino Mahmud Abbas. "Reclamo a todas las partes que presionen a Hamás para que abandone el terror y respalde a los líderes palestinos elegidos democráticamente y que trabajan por la paz", ha dicho el presidente republicano.
ABBAS, CAMINO DE NUEVA YORK.
Por otra parte, el presidente palestino, Mahmud Abbas, se encuentra de camino a Nueva York para reclamar a Naciones Unidas que presione a Israel para que detenga "incondicional e inmediatamente" sus ataques, según ha informado el jefe del Departamento de Negociaciones de la Organización de Liberación Palestina (OLP), Saeb Erekat. Este responsable palestino también ha reclamado a Israel que levante el bloqueo de la Franja de Gaza con la apertura de los pasos fronterizos y que permita que Egipto medie para lograr un gobierno de unidad palestino tan pronto como sea posible.

01 enero, 2009

PALESTINA. LA PARTICION DE LA ONU I.-


COMO SIEMPRE, UNA CHAPUZA I.
Observemos las fronteras trazadas por ese trasto inútil que es la ONU. Al Sur, en el Neguev, una zona unido por un estrecho “corredor” – junto a la franja de Gaza – a la zona central donde se sitúa, cerca de Tel Aviv – la capital, entonces – Jaffa como ciudad internacional, por tanto fuera de la soberanía israelita. Y esta zona unida a la parte norte, por un minúsculo “pasillo” cercano a Nazaret. Por supuesto Jerusalén – la ciudad del Templo de Salomón, en el centro de Cisjordania - quedaba también bajo régimen de internacionalidad. Está claro que los israelitas hubieron de “tragar paquete” y hacer de tripas corazón.
El nuevo estado, quedaba con unas fronteras “tormentosas” y rodeado de árabes por todas partes: tenía frontera común con Egipto, la actual Jordania, Líbano y Siria.
LA GUERRA DE CINCO CONTRA UNO.
El 15 de mayo de 1948, los ejércitos de Egipto, Transjordania (Jordania desde enero de 1949), Siria, Líbano e Irak se unieron a los palestinos y a otras guerrillas árabes que habían luchado contra los judíos desde noviembre de 1947. El enfrentamiento se convirtió entonces en un conflicto internacional; durante la primera Guerra árabe - israelí, llamada por Israel guerra de la Independencia, los árabes no pudieron evitar la creación del Estado judío, y el conflicto terminó con un armisticio, dispuesto por la ONU, entre Israel por un lado y Egipto, Líbano, Jordania y Siria por el otro. Las fronteras que se definieron en el armisticio se mantuvieron hasta 1967, año en que fueron modificadas por las conquistas que Israel llevó a cabo durante la guerra de los Seis Días.

Como resultado de la Guerra de la Independencia - como se conoce en Israel -, se llegaron a unas nuevas fronteras basadas en las conquistas de Israel durante la guerra, pese a que Israel era un estado recién nacido y hubo de improvisar un ejército
El primer jefe de gobierno fue David Ben Gurión, dirigente del Mapai (Partido Laborista Israelí), que había dirigido el Yishuv durante los últimos días del Mandato y tuvo una gran influencia en los diez primeros años de la historia de Israel. Hizo hincapié en la seguridad nacional y en la expansión y desarrollo de un Ejército modernizado. Fueron reclutados tanto hombres como mujeres y el Ejército se convirtió en un centro para formar en la cultura hebrea a cientos de miles de inmigrantes que acababan de llegar al país. Las organizaciones armadas que estaban ligadas a diferentes movimientos políticos se disolvieron o se unieron al Ejército israelí.
LOS PRIMEROS AÑOS DEL ESTADO ISRAELITA.
El primer jefe de gobierno fue David Ben Gurión, dirigente del Mapai (Partido Laborista Israelí), que había dirigido el Yishuv durante los últimos días del Mandato y tuvo una gran influencia en los diez primeros años de la historia de Israel. Hizo hincapié en la seguridad nacional y en la expansión y desarrollo de un Ejército modernizado. Fueron reclutados tanto hombres como mujeres y el Ejército se convirtió en un centro para formar en la cultura hebrea a cientos de miles de inmigrantes que acababan de llegar al país. Las organizaciones armadas que estaban ligadas a diferentes movimientos políticos se disolvieron o se unieron al Ejército israelí.
INMIGRACION.
Nada más conseguir su independencia, Israel se abrió a los inmigrantes judíos de todo el mundo; hacia 1952, la población se había duplicado. La mayoría de los nuevos ciudadanos eran supervivientes de los campos de concentración de Adolf Hitler. Sin embargo, en la década de 1950 cambió el modelo de inmigración, pues se produjo un aumento del número de judíos provenientes de países musulmanes de Oriente Próximo y del norte de África. A finales de la década de 1960, los judíos provenientes de estas zonas comenzaron a superar en número a los europeos. En tres décadas la población de Israel se quintuplicó y aproximadamente dos tercios de este crecimiento se derivaba de la inmigración judía.
Debido a que gran parte de los inmigrantes que llegaron a Israel no tenían un oficio o la preparación adecuada para participar en el desarrollo del país, a la pesada carga de los gastos de defensa y a la necesidad de una rápida expansión agrícola e industrial que absorbía gran cantidad de fondos gubernamentales, el país se enfrentó a graves problemas económicos. Al iniciarse la década de 1950 la economía se vio conmocionada por la recesión y por la devaluación monetaria. El pueblo judío de todo el mundo, y el gobierno de Estados Unidos en particular y de modo oficial, proporcionó un gran apoyo económico, mientras que Ben Gurión negoció acuerdos con Alemania Occidental (actualmente parte de la República Federal de Alemania unificada), que estipulaban el pago por parte de esta última de indemnizaciones tanto a los judíos que fueron víctimas de los nazis como al propio Estado de Israel.
EL CONFLICTO DE SUEZ.
Todos los intentos por convertir los acuerdos del armisticio entre árabes e israelíes en un tratado de paz permanente fracasaron. Los árabes insistían en que se permitiera regresar a los refugiados a sus hogares, que Jerusalén fuera administrada por la comunidad internacional y que Israel realizara concesiones territoriales antes de iniciar cualquier conversación o negociación para la paz. Los israelíes alegaban que si se satisfacían esas peticiones se pondría en peligro su propia seguridad y se negaron a aceptarlas. La guerrilla palestina realizó numerosas incursiones y las tropas árabes emprendieron numerosos ataques, ante los cuales Israel respondió con enérgicas represalias. Egipto se negó a permitir que los buques israelíes utilizaran el canal de Suez y bloqueó los estrechos de Tirán (el acceso de Israel al mar Rojo, por Elat), lo que Israel consideró como un acto de agresión. Los incidentes fronterizos a lo largo de la frontera con Egipto fueron en aumento hasta provocar el estallido, en octubre y noviembre de 1956, de la segunda Guerra Árabe-israelí.
Gran Bretaña y Francia se unieron al ataque debido a su disputa con el presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser, que acababa de nacionalizar el canal de Suez. Nasser se hizo cargo del canal después de que Gran Bretaña y Francia rechazaran la oferta egipcia de financiar la construcción de la gran presa de Assuán. Israel obtuvo una rápida victoria y en pocos días conquistó la franja de Gaza y la península del Sinaí. Cuando el Ejército israelí llegó a orillas del canal de Suez, los franceses y británicos iniciaron su ataque sobre la zona del canal. Tras unos pocos días, la lucha fue interrumpida por la actitud contraria de Estados Unidos y la Unión Soviética, que forzaron el envío de Fuerzas Especiales de la ONU (UNEF) para garantizar el cumplimiento del alto el fuego en la zona del canal. Ante esta situación Gran Bretaña y Francia paralizaron su acción conjunta. A finales de ese mismo año sus tropas se retiraron de Egipto, pero Israel se negó a abandonar Gaza hasta comienzos de 1957 y sólo después de que Estados Unidos le prometiera resolver el conflicto y mantener abiertos los estrechos de Tirán. Los Estados Unidos – movidos por su complejo de nación ex colonizada – se equivocaron, hicieron de Gamal Abdel Nasser un héroe y aquellos polvos trajeron estos lodos.
LOS ULTIMOS AÑOS DE GOBIERNO DE BEN GURION.
Israel continuó modernizando su Ejército, prestando especial atención a las Fuerzas Aéreas, que recibieron modernos aviones Mirage, franceses. La situación económica mejoró y se creó un sistema de distribución de agua para facilitar el desarrollo de las poblaciones de la parte meridional del país. Aunque la inmigración había descendido en comparación con las cifras que alcanzó durante los primeros cuatro años de independencia, volvió a aumentar en la década de 1960 con una nueva oleada proveniente de Marruecos. Uno de los principales problemas a los que se enfrentaba el país era el de la absorción económica y la integración de los recién llegados desde los países musulmanes. El abismo social y económico existente entre éstos y los primeros colonizadores que llegaron de Europa continuaba siendo una de las mayores dificultades del país. Los principales movimientos políticos experimentaron grandes transformaciones durante esta época, con sucesivas divisiones y reunificaciones. Ben Gurión dimitió en 1963 y le sucedió Leví Eshkol. En 1965, el antiguo primer ministro abandonó el partido Mapai para ayudar a formar un grupo de oposición llamado Rafi. Ese mismo año el Mapai y el Ajdut Avodá (otra formación laborista) se unieron para formar la Alineación Laborista, que gobernó hasta 1977. Las dos principales formaciones políticas conservadoras de la oposición, el partido liberal y el Jerut, también se unieron en 1965, formando el bloque Gajal, dirigido por Menajem Beguin.
Recomiendo:

PALESTINA. LA PARTICION DE LA ONU II.-

COMO SIEMPRE, UNA CHAPUZA II.


LA GUERRA DE LOS SEIS DIAS Y SUS CONSECUENCIAS.
Tras la segunda guerra Árabe-israelí, la imagen del presidente egipcio Nasser salió fortalecida en todo el mundo árabe, que asistió al crecimiento de un ambiente nacionalista en el que los deseos de revancha contra Israel ocupaban un lugar muy destacado. La formación de un comando militar árabe unificado que concentró sus tropas en torno a las fronteras, junto con el cierre de los estrechos de Tirán por parte de Egipto y la insistencia de Nasser, en 1967, de que la UNEF abandonara la zona del canal, hicieron que Israel se adelantara a los preparativos ofensivos árabes y atacara Egipto, Jordania y Siria, simultáneamente, el 5 de junio de ese mismo año. La guerra de los Seis Días finalizó con la decisiva victoria de Israel. Las fuerzas aéreas israelíes, equipadas con modernos aviones franceses, fueron el principal instrumento de la destrucción de los ejércitos árabes.
Tras la guerra de los Seis Días, Israel anexionó la franja de Gaza y la península del Sinaí que había conquistado a Egipto, la parte árabe del Jerusalén oriental – que ya no soltarán sino por la fuerza y hacen bien - y Cisjordania, que ocupó a Jordania, y los Altos del Golán, arrebatados a Siria. El territorio que quedó bajo jurisdicción israelí después de la guerra de 1967 era aproximadamente cuatro veces superior al área que se le había otorgado tras el armisticio de 1949. Los territorios ocupados tenían una población árabe de aproximadamente 1,5 millones.
A partir de 1967, los territorios ocupados se convirtieron en la principal preocupación política de Israel. La derecha y los líderes de los partidos religiosos ortodoxos del país se oponían a la retirada de Cisjordania y Gaza, que consideraban parte de Israel. En la Alineación Laborista, las opiniones estaban divididas: unos estaban a favor de la retirada y otros defendían el mantenimiento sólo de aquellas zonas que se consideraran de vital importancia para la seguridad militar de Israel. Muchos partidos pequeños, entre ellos el Partido Comunista, también se oponían al mantenimiento de la ocupación de los territorios conquistados. Sin embargo, la mayoría de los israelíes apoyaban la postura de la anexión de Jerusalén oriental y de su unión con el sector judío de la ciudad, y el gobierno, dirigido por los laboristas, unió formalmente ambos sectores pocos días después de que finalizara la guerra de 1967. En 1980 la Kneset aprobó una ley en la que se declaraba a Jerusalén “completa y unificada” como capital eterna de Israel.
Tras la guerra de 1967 se produjo un aumento del nacionalismo palestino. Varias organizaciones guerrilleras de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) cometieron actos terroristas contra escuelas, mercados, estaciones de autobús y aeropuertos israelíes, con el objetivo manifiesto de “liberar Palestina”. Los ataques terroristas contra los israelíes, en su patria o en el extranjero, hicieron que la opinión pública se opusiera al reconocimiento de la OLP y a cualquier tipo de negociación con ésta, pero el grupo consiguió ganar un amplio apoyo internacional, e incluso el reconocimiento de la ONU, como “único representante legítimo de los palestinos”. En los Juegos Olímpicos que se celebraron en Munich (Alemania) en el verano de 1972, un comando palestino asesinó a 11 atletas israelíes.
Recién terminada la Guerra de los Seis Días, circulaba por Madrid una historieta. Durante el conflicto, las avanzadillas egipcias – los egipcios perdieron buena parte de su fuerza aérea, destruida en tierra por los Mirage – detectaron movimiento y un sargento fue enviado al mando de un sección para averiguar que estaba pasando. Al poco se oye una gran ensalada de tiros y el sargento egipcio vuelve solo, herido, con el uniforme hecho jirones y el capitán le pregunta. El sargento responde “Ha sido una emboscada, mi capitán; no era un israelita, eran dos”.
LA GUERRA DEL YOM KIPUR Y LA DECADA SIGUIENTE.
En 1973, Egipto y Siria se unieron en una guerra contra Israel para recuperar los territorios que habían perdido en 1967. Ambos estados iniciaron una ofensiva por sorpresa sobre Israel el 6 de octubre, fecha del Yom Kipur, el día de ayuno sagrado para los judíos. Las primeras operaciones árabes en la península del Sinaí fueron exitosas, aunque el signo de la contienda varió, tras la reacción del Ejército de Israel, durante las tres siguientes semanas. Los árabes se granjearan el apoyo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y de la mayor parte de los países en vías de desarrollo. Arabia Saudí y Kuwait financiaron al Ejército árabe, haciendo posible que Egipto y Siria recibieran las armas soviéticas más sofisticadas, y los Estados árabes productores de petróleo iniciaron el embargo de sus exportaciones de crudo a Estados Unidos y a otros países occidentales como represalia por su ayuda al Estado judío.

Israel tuvo que hacer frente a serios problemas financieros, que fueron aliviados en parte por la gran asistencia militar y económica que le prestó Estados Unidos. Sin embargo, esta ayuda estadounidense no fue suficiente para evitar la espiral descendente de la economía israelí. En sus esfuerzos por impulsar un acuerdo de paz, el presidente de Estados Unidos Richard Milhous Nixon encargó a su secretario de Estado (ministro de Asuntos Exteriores), Henry Alfred Kissinger, la tarea de negociar los acuerdos de paz entre Israel por un lado y Egipto y Siria por otro. En 1974, Kissinger consiguió la separación de las fuerzas militares de Israel y Egipto en el Sinaí, y de Israel y Siria, en los Altos del Golán.
A la guerra del Yom Kipur siguieron crecientes disturbios en Israel y constantes críticas a sus dirigentes políticos. Entre los resultados del “terremoto” (así se denominó a los sucesos de 1973) una comisión de investigación, dirigida por el presidente del Tribunal Supremo de Israel, fue muy crítica con los mandos del Ejército debido a su modo de dirigir la guerra. El descontento generalizado llevó a la dimisión de la primera ministra, Golda Meir, y de su gabinete en abril de 1974. Meir (que había sido la sucesora de Eskhol en 1969) fue sustituida por Isaac Rabin. Rabin fue incapaz de detener la inflación y el deterioro de la economía y su reputación quedó dañada al descubrirse que él y otros miembros del Partido Laborista estaban involucrados en transacciones financieras ilícitas. Como resultado de esto, la Alineación Laborista perdió las elecciones a la Kneset de 1977. Menajem Beguin, el nuevo primer ministro, encabezó el movimiento Likud, bloque formado en 1973 por grupos nacionalistas que se oponían a cualquier concesión territorial a los árabes.
CUANDO SE PRESUMIA LA PAZ.
Las relaciones entre Israel y los palestinos entraron en una nueva fase a finales de la década de 1980, con la aparición de la intifada, una serie de levantamientos populares que tuvieron lugar en los territorios ocupados y en los que se produjeron manifestaciones, huelgas y ataques con piedras a los soldados y civiles israelíes. La dura respuesta del gobierno israelí generó críticas tanto por parte de Estados Unidos como de la ONU.
La coalición entre el Likud y los laboristas se deshizo en marzo de 1989. Entonces, Shamir encabezó un gabinete provisional hasta junio de 1990, momento en que formó un nuevo gobierno. En 1989 y 1990 más de 200.000 judíos procedentes de la entonces disuelta Unión Soviética se establecieron en Israel. Esta nueva oleada migratoria —alentada por el gobierno de Shamir, pero que fue mal acogida por palestinos y por árabes residentes en Israel— minó la economía nacional. Durante la guerra del Golfo Pérsico, en la que muchos palestinos apoyaron de forma abierta a Irak, misiles Scud alcanzaron Israel en repetidas ocasiones, hiriendo a más de 200 personas y destruyendo casi 9.000 viviendas en la zona de Tel Aviv. Israel, contrariamente a su política habitual, no tomó represalias, en parte porque Estados Unidos estableció bases de misiles tierra-aire Patriot para destruir los misiles iraquíes.
Las relaciones entre Israel y los palestinos entraron en una nueva fase a finales de la década de 1980, con la aparición de la intifada, una serie de levantamientos populares que tuvieron lugar en los territorios ocupados y en los que se produjeron manifestaciones, huelgas y ataques con piedras a los soldados y civiles israelíes. La dura respuesta del gobierno israelí generó críticas tanto por parte de Estados Unidos como de la ONU.
La coalición entre el Likud y los laboristas se deshizo en marzo de 1989. Entonces, Shamir encabezó un gabinete provisional hasta junio de 1990, momento en que formó un nuevo gobierno. En 1989 y 1990 más de 200.000 judíos procedentes de la entonces disuelta Unión Soviética se establecieron en Israel. Esta nueva oleada migratoria - alentada por el gobierno de Shamir, pero que fue mal acogida por palestinos y por árabes residentes en Israel - minó la economía nacional. Durante la guerra del Golfo Pérsico, en la que muchos palestinos apoyaron de forma abierta a Irak, misiles Scud alcanzaron Israel en repetidas ocasiones, hiriendo a más de 200 personas y destruyendo casi 9.000 viviendas en la zona de Tel Aviv. Israel, contrariamente a su política habitual, no tomó represalias, en parte porque Estados Unidos estableció bases de misiles tierra-aire Patriot para destruir los misiles iraquíes. Las primeras conversaciones de paz global entre Israel y delegaciones que representaban a los palestinos y a los Estados árabes vecinos se iniciaron en octubre de 1991, en Madrid, en la Conferencia de Paz sobre Oriente Próximo. Después de que el Likud perdiera las elecciones parlamentarias en junio de 1992, el líder del Partido Laborista, Isaac Rabin, formó un nuevo gobierno.
Los acontecimientos en Oriente Próximo dieron un giro inesperado en 1993. Tras unas negociaciones secretas, el primer ministro israelí, Rabin, y el presidente de la OLP, Yasir Arafat, se reunieron en la ciudad de Washington, y acordaron firmar un histórico tratado de paz. Israel permitió la creación de un gobierno autónomo, primero en la franja de Gaza y en Jericó, en Cisjordania, y más tarde en las demás zonas de Cisjordania en las que no hubiera población judía. A comienzos de 1994, las negociaciones sobre la autonomía se interrumpieron temporalmente después de que un colono judío matara al menos a 29 palestinos árabes en una mezquita en Hebrón, en Cisjordania. En mayo de 1994, las tropas israelíes se retiraron de Jericó y de las ciudades y campos de refugiados de la franja de Gaza y esta área quedó bajo la administración de la Autoridad Nacional Palestina. En julio de 1994, el primer ministro Rabin y el rey Hussein de Jordania firmaron un tratado de paz que ponía fin a 46 años de enfrentamientos entre ambos Estados. El acuerdo, que se firmó en la Casa Blanca en presencia del presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, asentó las bases para un tratado de paz definitivo.
El primer ministro israelí, Isaac Rabin, fue asesinado el 4 de noviembre de 1995 en Tel Aviv por un judío perteneciente a un grupo de extrema derecha hasta entonces desconocido. Fue sustituido por Simón Peres. Los sucesivos atentados terroristas indiscriminados llevados a efecto por miembros del grupo fundamentalista islámico Hezbolá, provocaron en 1996 el bombardeo israelí del sur del Líbano como represalia.
En las elecciones celebradas en mayo de ese mismo año, Simón Peres resultó derrotado por el candidato derechista del Likud, Benjamín Netanyahu, por un estrecho margen de votos. Se inició entonces un estancamiento, cuando no un retroceso, en el proceso de paz puesto en marcha años antes, pese a las presiones ejercidas por la comunidad internacional (con Estados Unidos a la cabeza) y la moderación con que actuó la Autoridad Nacional Palestina presidida por Yasir Arafat.
Pese al estancamiento de las negociaciones con los palestinos, en enero de 1997 se completó y firmó el acuerdo por el que Israel se comprometía a la retirada de sus tropas del núcleo urbano de Hebrón. En concreto, el desalojo incluía el 80% de la ciudad, manteniendo su presencia en torno a los asentamientos judíos existentes. No obstante, las autoridades israelíes decidieron un mes después poner en marcha su proyecto de construcción de viviendas en Jerusalén Este, lo que fue considerado por los palestinos como una violación de los acuerdos firmados. Las negociaciones entraron de nuevo en un punto muerto. Los ataques terroristas perpetrados por grupos islamistas a mediados de 1997 llevaron a que Israel demandara a las autoridades palestinas una mayor eficacia contra las actividades de esos grupos. Particularmente preocupantes para Israel fueron los atentados suicidas con bomba efectuados por miembros del grupo islámico Hamas. En respuesta, agentes del Mossad, los servicios secretos israelíes, intentaron sin éxito asesinar en la capital jordana a Jaled Meshal, máximo dirigente de Hamas. La acción enturbió las relaciones jordano-israelíes.
Asimismo, los ataques efectuados por grupos islamistas libaneses en la zona de seguridad y el norte de Israel provocaron inquietud en el gobierno de Netanyahu. En 1998 Israel ofreció la retirada de la zona de seguridad, bajo control judío desde 1985, a cambio de que Líbano garantizase que no se producirían más ataques terroristas contra el norte de Israel. El gobierno libanés rechazó la oferta, proponiendo como alternativa la retirada incondicional del Ejército israelí.
Netanyahu obtuvo el respaldo de la Kneset pese a las críticas procedentes tanto de la izquierda como de la derecha parlamentaria. Su amenaza de obstaculizar la ocupación judía del sector oriental de Jerusalén, ordenado por un magnate estadounidense de origen judío, provocó la ira de los grupos derechistas, mientras que su apoyo a los asentamientos de colonos en Cisjordania, así como otras actuaciones, fueron contempladas por la izquierda como un intento por desmontar el proceso de paz iniciado años atrás. A comienzos de 1998, la coalición gubernamental salvó por un estrecho margen el voto de censura promovido por la oposición parlamentaria.
A mediados de ese mismo año se celebró el 50 aniversario de la creación del Estado de Israel. Mientras, las negociaciones de paz permanecían estancadas en lo referente a los temas fundamentales: así, Arafat rechazó conversar sobre asuntos de relevancia hasta que Israel no efectuara su retirada del sector de Cisjordania aún controlado por el Ejército hebreo, en tanto que Israel se opuso a seguir adelante con la retirada de sus tropas hasta que los palestinos no actuaran con mayor firmeza contra los grupos terroristas que amenazaban su seguridad.
El acuerdo alcanzado entre ambas partes en el mes de octubre - gracias a la mediación de la secretaria de Estado estadounidense, Madeleine Albright, y la participación del presidente estadounidense, Bill Clinton, y del monarca jordano, Husayn - preveía la retirada israelí de un 13% de Cisjordania a cambio de que la Autoridad Nacional Palestina se comprometiera a reforzar la seguridad en la zona. Pese a que la retirada se inició al mes siguiente, el primer ministro israelí optó por congelar la retirada en diciembre, lo que provocó una grave crisis política ante la incapacidad del primer ministro para alcanzar un acuerdo de paz definitivo con los palestinos. La Kneset, dividida, se decantó a favor de su autodisolución y de la convocatoria de elecciones para el mes de mayo, en las que se elegiría, por separado, al nuevo primer ministro y a los componentes de la nueva legislatura. Se esperaba que de los comicios surgiera una nueva mayoría parlamentaria que acometiera las conversaciones con otro talante distinto al mantenido por Netanyahu, que se presentó a la reelección.
El triunfo correspondió al candidato laborista, Ehud Barak, un general retirado que prometió la consecución de una paz estable basada en la fortaleza y la seguridad. Netanyahu, derrotado, anunció su dimisión como máximo dirigente del Likud y su retirada de la vida política. El 6 de julio de 1999, Barak formó un gobierno de coalición que contó con el respaldo de un Parlamento escorado hacia la izquierda, en el que los pequeños partidos se constituyeron en árbitros de la situación frente a la evidente pérdida de votos de las grandes formaciones, en particular del Likud.
El nuevo gabinete, integrado inicialmente por nueve laboristas, cinco representantes de partidos religiosos y otros cinco de grupos de centro y de izquierda, y ampliado en agosto con cinco nuevos miembros, entre los que se encontraban dos representantes de los movimientos pacifistas, puso como objetivo de su principal actividad la obtención de la paz en Oriente Próximo. En septiembre de ese año, Barak firmó con Arafat la aplicación de los acuerdos establecidos en octubre del año anterior pero paralizados poco después por Netanyahu. El pacto modificaba el anterior en el sentido de ampliar los territorios palestinos en Cisjordania a cambio de nuevas medidas de seguridad para Israel. El gobierno de Barak aprobó el 5 de marzo de 2000 la retirada del Ejército israelí del sur de Líbano antes del mes de julio de ese año.
Las primeras conversaciones de paz global entre Israel y delegaciones que representaban a los palestinos y a los Estados árabes vecinos se iniciaron en octubre de 1991, en Madrid, en la Conferencia de Paz sobre Oriente Próximo. Después de que el Likud perdiera las elecciones parlamentarias en junio de 1992, el líder del Partido Laborista, Isaac Rabin, formó un nuevo gobierno.
En las elecciones celebradas en mayo de ese mismo año, Simón Peres resultó derrotado por el candidato derechista del Likud, Benjamín Netanyahu, por un estrecho margen de votos. Se inició entonces un estancamiento, cuando no un retroceso, en el proceso de paz puesto en marcha años antes, pese a las presiones ejercidas por la comunidad internacional (con Estados Unidos a la cabeza) y la moderación con que actuó la Autoridad Nacional Palestina presidida por Yasir Arafat.
Las negociaciones entre Israel y Siria, que habían continuado de manera esporádica desde el final de la Conferencia de Paz celebrada en Madrid en 1991, también se vieron afectadas con la llegada del Likud al poder. El presidente sirio Hafiz al-Assad había valorado como muy positivos los progresos realizados a mediados de la década de 1990 y esperaba continuar las negociaciones de paz en el punto en el que las habían dejado él y los anteriores gobernantes israelíes. Sin embargo, Netanyahu y sus socios de coalición eran partidarios de volver a fijar las bases para un futuro acuerdo y renegociar los asuntos centrales, lo que provocó la paralización del proceso. El futuro de los Altos del Golán, la paz y la normalización de relaciones, así como el control sobre los recursos acuíferos, quedaron de este modo sin resolver.
Pese al estancamiento de las negociaciones con los palestinos, en enero de 1997 se completó y firmó el acuerdo por el que Israel se comprometía a la retirada de sus tropas del núcleo urbano de Hebrón. En concreto, el desalojo incluía el 80% de la ciudad, manteniendo su presencia en torno a los asentamientos judíos existentes. No obstante, las autoridades israelíes decidieron un mes después poner en marcha su proyecto de construcción de viviendas en Jerusalén Este, lo que fue considerado por los palestinos como una violación de los acuerdos firmados. Las negociaciones entraron de nuevo en un punto muerto. Los ataques terroristas perpetrados por grupos islamistas a mediados de 1997 llevaron a que Israel demandara a las autoridades palestinas una mayor eficacia contra las actividades de esos grupos. Particularmente preocupantes para Israel fueron los atentados suicidas con bomba efectuados por miembros del grupo islámico Hamas. En respuesta, agentes del Mossad, los servicios secretos israelíes, intentaron sin éxito asesinar en la capital jordana a Jaled Meshal, máximo dirigente de Hamas. La acción enturbió las relaciones jordano-israelíes.
Asimismo, los ataques efectuados por grupos islamistas libaneses en la zona de seguridad y el norte de Israel provocaron inquietud en el gobierno de Netanyahu. En 1998 Israel ofreció la retirada de la zona de seguridad, bajo control judío desde 1985, a cambio de que Líbano garantizase que no se producirían más ataques terroristas contra el norte de Israel. El gobierno libanés rechazó la oferta, proponiendo como alternativa la retirada incondicional del Ejército israelí.
Netanyahu obtuvo el respaldo de la Kneset pese a las críticas procedentes tanto de la izquierda como de la derecha parlamentaria. Su amenaza de obstaculizar la ocupación judía del sector oriental de Jerusalén, ordenado por un magnate estadounidense de origen judío, provocó la ira de los grupos derechistas, mientras que su apoyo a los asentamientos de colonos en Cisjordania, así como otras actuaciones, fueron contempladas por la izquierda como un intento por desmontar el proceso de paz iniciado años atrás. A comienzos de 1998, la coalición gubernamental salvó por un estrecho margen el voto de censura promovido por la oposición parlamentaria.
A mediados de ese mismo año se celebró el 50 aniversario de la creación del Estado de Israel. Mientras, las negociaciones de paz permanecían estancadas en lo referente a los temas fundamentales: así, Arafat rechazó conversar sobre asuntos de relevancia hasta que Israel no efectuara su retirada del sector de Cisjordania aún controlado por el Ejército hebreo, en tanto que Israel se opuso a seguir adelante con la retirada de sus tropas hasta que los palestinos no actuaran con mayor firmeza contra los grupos terroristas que amenazaban su seguridad.
El acuerdo alcanzado entre ambas partes en el mes de octubre —gracias a la mediación de la secretaria de Estado estadounidense, Madeleine Albright, y la participación del presidente estadounidense, Bill Clinton, y del monarca jordano, Husayn I— preveía la retirada israelí de un 13% de Cisjordania a cambio de que la Autoridad Nacional Palestina se comprometiera a reforzar la seguridad en la zona. Pese a que la retirada se inició al mes siguiente, el primer ministro israelí optó por congelar la retirada en diciembre, lo que provocó una grave crisis política ante la incapacidad del primer ministro para alcanzar un acuerdo de paz definitivo con los palestinos. La Kneset, dividida, se decantó a favor de su autodisolución y de la convocatoria de elecciones para el mes de mayo, en las que se elegiría, por separado, al nuevo primer ministro y a los componentes de la nueva legislatura. Se esperaba que de los comicios surgiera una nueva mayoría parlamentaria que acometiera las conversaciones con otro talante distinto al mantenido por Netanyahu, que se presentó a la reelección.
El triunfo correspondió al candidato laborista, Ehud Barak, un general retirado que prometió la consecución de una paz estable basada en la fortaleza y la seguridad. Netanyahu, derrotado, anunció su dimisión como máximo dirigente del Likud y su retirada de la vida política. El 6 de julio de 1999, Barak formó un gobierno de coalición que contó con el respaldo de un Parlamento escorado hacia la izquierda, en el que los pequeños partidos se constituyeron en árbitros de la situación frente a la evidente pérdida de votos de las grandes formaciones, en particular del Likud.
El nuevo gabinete, integrado inicialmente por nueve laboristas, cinco representantes de partidos religiosos y otros cinco de grupos de centro y de izquierda, y ampliado en agosto con cinco nuevos miembros, entre los que se encontraban dos representantes de los movimientos pacifistas, puso como objetivo de su principal actividad la obtención de la paz en Oriente Próximo. En septiembre de ese año, Barak firmó con Arafat la aplicación de los acuerdos establecidos en octubre del año anterior pero paralizados poco después por Netanyahu. El pacto modificaba el anterior en el sentido de ampliar los territorios palestinos en Cisjordania a cambio de nuevas medidas de seguridad para Israel. El gobierno de Barak aprobó el 5 de marzo de 2000 la retirada del Ejército israelí del sur de Líbano antes del mes de julio de ese año.
LA HOJA DE RUTA.
La formulación de un nuevo plan de paz, la denominada Hoja de Ruta, auspiciada por Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea y la ONU, supuso, a mediados de 2003, un tímido reinicio del diálogo y trajo un frágil alto el fuego. Tal circunstancia se produjo, en buena parte, gracias a la figura de Mahmud Abbas, quien desde abril de ese año ejercía el cargo de primer ministro palestino (asumiendo determinadas funciones hasta entonces en manos de Arafat, al cual Sharon rechazaba como interlocutor y acusaba de no hacer nada por evitar las acciones terroristas). La actitud de los grupos palestinos más extremistas, partidarios de proseguir la lucha armada, y la reacción de los sectores israelíes más conservadores, para los que era inaceptable contemplar el establecimiento de un Estado palestino, como hacía la Hoja de Ruta, dificultaron de momento su aplicación.
En enero de 2004, Sharon anunció su intención de promover un plan para proceder a la retirada israelí de la franja de Gaza. El oficialmente denominado Plan de Desconexión (que terminó de enfrentar a Sharon con el ala más dura de su partido y de su gobierno, así como, en general, con el conjunto del conservadurismo radical) fue aprobado en octubre de 2004, con un elevado coste político para el primer ministro, que consiguió su tramitación parlamentaria gracias al apoyo de la oposición y vio como su gobierno veía cada vez más reducido su apoyo en la cámara. En diciembre de ese año, incluso, Sharon destituyó a los cinco ministros del Shinui, que votaron en contra de los presupuestos para 2005 con la intención de bloquear la materialización del plan de evacuación de Gaza. Sharon decidió pactar con la izquierda y formar otro gobierno de unidad nacional. Su nuevo ejecutivo, en el que ingresaron los laboristas y el ultraortodoxo Torá y Judaísmo, fue investido por la Kneset en enero de 2005.


También en enero de 2005, Abbas se convirtió en presidente de la Autoridad Nacional Palestina tras vencer en las elecciones que fueron convocadas al morir Arafat en el anterior mes de noviembre. De inmediato, Sharon le invitó a retomar el diálogo y Abbas comprometió su gestión a la consecución de un alto el fuego. Después de celebrarse una cumbre entre ambos el 8 de febrero, en Sharm el Sheij (Egipto), Sharon y Abbas anunciaron haber alcanzado un acuerdo para poner fin a la violencia y reiniciar las negociaciones de paz según el camino marcado por la Hoja de Ruta.
En agosto de ese año 2005, fueron desmantelados los 21 asentamientos israelíes de Gaza, que tuvieron que abandonar sus, aproximadamente, 8.000 colonos. Asimismo, el día 12 del mes siguiente, se retiraron las últimas tropas que Israel mantenía en aquel territorio. La verificación del Plan de Desconexión, la gran apuesta de Sharon (que le enfrentó a buena parte de la derecha y al movimiento colono), puso así fin a un periodo de 38 años durante el cual Israel había prolongado su ocupación de la franja, que pasó a depender de la ANP (aunque Israel conservaría el control de las aguas jurisdiccionales, del espacio aéreo y de las fronteras).
También en 2005, en noviembre, las elecciones internas del Partido Laborista otorgaron el triunfo a Amir Peretz, quien derrotó a Peres. En el transcurso de ese mismo mes, el nuevo líder de la izquierda puso fin a la participación laborista en la coalición gubernamental de Sharon y demandó la convocatoria de comicios anticipados. Sharon, discutido como ya se ha dicho por sectores del Likud y abandonado ahora por el laborismo (de cuyo apoyo parlamentario dependía el gobierno) promovió el adelanto electoral requerido por Peretz, renunció a la presidencia del Likud y a su militancia en el mismo, y anunció que concurriría a las elecciones (fijadas para el 28 de marzo de 2006) como candidato a primer ministro por un nuevo partido, Kadima (Adelante).
Sin embargo, el 4 de enero de 2006, Sharon sufrió un grave infarto cerebral y, tras ser intervenido quirúrgicamente y quedar en situación de coma inducido, su viceprimer ministro, Ehud Olmert, se convirtió en primer ministro en funciones. Aquel primer mes de 2006 todavía depararía más incertidumbres para el futuro de Israel y, en general, de Oriente Próximo; el día 25, Hamas lograba la victoria por mayoría absoluta en las elecciones legislativas palestinas, lo que ponía a dicha organización radical en claras condiciones de constituir el gobierno de la ANP (lo haría, el 29 de marzo, con Ismail Haniya como primer ministro). Olmert anticipó que las relaciones del ejecutivo israelí con uno palestino formado por Hamas estaban supeditadas a que el grupo extremista rechazara de forma explícita el terrorismo, reconociera al Estado de Israel y renunciara a su destrucción, y respetara los acuerdos alcanzados desde 1993 entre israelíes y palestinos. En los esperados comicios israelíes del 28 de marzo de ese año 2006, Kadima fue, con 29 escaños, la formación que logró mayor representación; a continuación quedó el Partido Laborista (20), en tanto que el Likud sufrió una auténtica debacle al obtener tan solo 12 diputados (al igual que el ultraortodoxo Shas). En mayo, Olmert (que el mes anterior había sustituido oficialmente como primer ministro a Sharon, cuya incapacidad para ejercer el cargo fue declarada permanente) pasó a presidir un gabinete de coalición en el que Kadima tendría por socios al Partido Laborista, Shas y al Partido de los Pensionistas.
A finales de junio de ese año 2006, milicianos palestinos mataron a dos soldados israelíes y capturaron a un tercero en un puesto de la frontera con Gaza. El gobierno de Olmert ordenó la detención de ocho ministros y 20 diputados de Hamas e inició la que sería una prolongada serie de ataques en la franja que costarían la vida a decenas de personas. Poco después, el 12 de julio, miembros de las milicias de Hezbolá del sur de Líbano atacaron la base fronteriza militar israelí de Zarit, matando a ocho militares y secuestrando a otros dos. Olmert calificó el hecho de “acto de guerra” y responsabilizó del mismo al gobierno de Líbano por su supuesta relajación en el cumplimiento de la resolución 1.559 de la ONU, que requería el desarme de Hezbolá (organización a la que la diplomacia israelí vinculaba directamente con Hamas, Siria e Irán). Tras negarse a un intercambio de prisioneros, Israel emprendió una severa ofensiva en Líbano, a la que Hezbolá respondió con el lanzamiento de cohetes contra ciudades del norte de Israel, como Haifa. Desde diversos medios de la comunidad internacional se condenó el desproporcionado uso de la fuerza empleado por el Ejército de Israel y la naturaleza indiscriminada de sus operaciones, que ocasionaron la muerte de numerosos civiles.
LA ACTUALIDAD.
Tras la retirada israelita de la franja de Gaza y tras un enfrentamiento civil entre palestinos, Gaza ha quedado – elecciones – en manos de los terroristas de Hamas – apoyados por Irán – y Cisjordania en manos de los ex terroristas de Al Fatah, los mismos que ni siquiera se entienden entre ellos.

22 diciembre, 2008

IRAK.-

REFLEXIONES ANTE UN ATAJO DE HIPOCRITAS.
Me tocan el Kilimanjaro, los que deslegitiman la “guerra de Irak”, basándose para ello, en que no estaba “autorizada” por la ONU. Ahora resulta que solamente se puede guerrear si no hay veto chino, ruso, británico, francés o estadounidense. ¿Quien piensa en serio que semejante “sistema” es democrático o legítimo? Tampoco lo sería si la decisión recayese en la Asamblea General, ya que estaríamos en manos del somalí – bajeles piratas del siglo XXI - o el castrista de turno ¡Que horror!
Lo que es necesario deducir, es que la ONU es un trasto que no sirve – desde Corea – para nada. ¡Menuda la legitimidad que pueda nacer de semejante órgano corrupto!
La ONU nació bien, con la pretensión de no albergar a naciones que no fuese auténticas democracias. Por ello, España quedó fuera ante los vítores y aplausos de los progres del exilio. Pero empezaron los occidentales a “cambiar estampitas” con los soviéticos y “si quieres a los checos, me tienes que dejar que entren los españoles…” hasta que admitían, después, incluso a Lubumba, con Katanga, que cara mas dura que tiene el gachó.
Los que consideran que aquella acción bélica no estaba justificada exclusivamente por el derrocamiento del régimen baasista – un tipejo Saddam que enviaba “donativos” a la familia de cada terrorista suicida palestino que se llevaba por delante a un montón de israelitas, que por lo que se ve, no tienen derecho a vivir, ¡menudo “negocio”! – son los mismos que intentaron – hasta la extenuación – convencer a Truman para que derrocase por la fuerza a Franco. Durante un tiempo, el Conde de Barcelona – todo un patriota - tuvo a su disposición una fragata británica en la rada lisboeta para navegar hasta Canarias y provocar otra guerra civil, hasta que su primo Mountbatten – antes Battenberg y siempre en el Gran Oriente - le informó de que Harry no estaba por la labor: el enemigo a batir era oncle Joe – Stalin - y, en esa historia, Franco estaba tan comprometido como el que mas o, para ser exactos, en cabeza de la manifestación. No en balde cuando en plena ebullición del Frente Popular, reglamentariamente, se despidió Azaña – Presidente de la II República a la sazón – camino de su “destierro” canario y ante las protestas de naturalidad de la situación – “que no pasa nada, general” - le aseguró:”lo que puedo decirle, es que donde yo esté no habrá comunismo”, frase que condicionó cuarenta años de la Historia de España.
La guerra de Irak fue un paseo militar. La Guardia Republicana de Saddam era pura filfa, sus blindados eran pasto de los M 1 Abrahams y su aviación había terminado en Irán, huyendo de la quema en un viaje de ida sin vuelta porque el chiíta, se vengó del sunita.
Los problemas llegaron después, cuando los americanos – por absurda bonhomía – supusieron que podían hacer en Oriente Medio – hay que ser ingenuo si se contempla Palestina, un hombre una Kalashnikov y a cada uno, su judío - lo mismo que en Italia, Alemania o Japón, en 1945. En Europa había habido fascismo o nazismo, sí, pero también existía un substrato cultural judeo – cristiano, que fue determinante para facilitar las cosas. En Japón, Mac Arthur – dos Medallas de Honor del Congreso, casi nadie al aparato, un cadete que en West Point, obtuvo un diez de nota media - le puso las peras al cuarto al emperador Hirohito y, dado el fanatismo nipón de entonces, el pueblo siguió a su jefe espiritual, ciegamente. Hirohito salvó su trono – ya simbólico – y así mismo su trasero.
Pero Irak era otra cosa. Y como se había comenzado la lucha, muy preocupados “todos” por los daños colaterales, no hubo manera posible de gestionar la paz frente a un atajo de salvajes. No había ocurrido, con carácter previo, lo que en Alemania, donde se destruyeron ciudades enteras – Dresde, Hamburgo, Berlín – porque contaban los occidentales con permiso del oso soviético. (Recuérdese que la Resistencia francesa no estuvo participada por el Partido Comunista galo, hasta después de comenzada la Operación Barbarroja).
Curiosamente se acusa a los Estados Unidos – y por extensión a los de las Azores – de haber matado – asesinado, dicen – a miles de iraquíes, cuando la realidad es que los problemas de la Coalición, llegaron, precisamente por querer hacer una guerra con bisturí, sin dar “la caña” que deberían haber dado. Y, muerto el perro, se habría acabado la rabia.
La mejor guerra, es la que nunca comienza, pero si emprendes una – como “la española cuando besa - a ganarla a lo que de lugar. Y punto.
En la fotografía, un momento de nuestra gloriosa retirada zapateril, es decir, arrastrando las botas, en tanto ¡los italianos! – precisamente ellos – nos llamaban gallinas.

02 octubre, 2007

MENTIRAS Y TUNANTES.-

IRAK, ZP Y “EL PAÍS”. ESPAÑA, SOLA ANTE LAS MISMAS AMENAZAS.
No era mentira la cooperación de Sadam con terroristas – subvencionaba a los suicidas palestinos - ni lo era que buscara adquirir material nuclear, ni que todas las agencias de inteligencia de todos los países del mundo afirmaran que tenía armas de destrucción masiva. No era mentira que la guerra de Irak se fundó en el incumplimiento continuado durante doce años de las resoluciones de la ONU, ni que se advirtiera finalmente en ellas de graves consecuencias. Al no responder el tirano, se encontró con ellas.
Es mendaz, en cambio, que fuera una decisión de los Estados Unidos en solitario. Tardaron meses en buscar una aquiescencia suplementaria del Consejo de Seguridad, ese mismo que hoy no condena al Gobierno de Birmania. Buscaron la ayuda de muchos países y la obtuvieron, por considerarse a Sadam un peligro en sí mismo: la mayor arma de destrucción masiva, que había atacado y matado a su propio pueblo y que siempre había estado en guerra con sus vecinos.
Es mendaz decir que el periodo de la diplomacia y la negociación no fue largo. Lo fue en la vana esperanza de alistar a Alemania, Rusia, China y Francia. Esa misma Francia que tiene hoy un ministro de Exteriores socialista que estuvo a favor de derrocar a Sadam por la fuerza.
Todo esto viene a cuenta de lo difícil que resulta encontrar algo de veracidad en el izquierdismo radical. Por un lado, Bush es malvado y perverso, no quiere saber nada con él, y cuando se presenta la posibilidad de recibir aunque sea un saludito de cortesía no sabe qué hacer por obtenerlo. Fecundo en su resentimiento, ni esto le vale y lo considera insuficiente. Contraataca con aún más bilis. La envidia y el odio a los "sospechosos habituales" (Bush o f... Bush, Aznar, Blair) son inagotables.
Viniendo de El País, para quien El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush es un titular adecuado para el 12 de septiembre de 2001, no resulta sorprendente.
Por ello no se puede – no se debe – permitir la constante reiteración de la mentira para convertirla en verdad oficial; y menos aún la insistencia en refritos y recalentamientos de acontecimientos del pasado reutilizados por enésima vez con la principal finalidad de deslegitimar acciones jurídica y moralmente correctas.
El fallecido Al Zarqawi, líder de Al Qaeda en Irak, decía: "Llega la democracia (a Irak) y ya no habrá más excusas para el terrorismo". Demostraba así que lo que temen es que la democracia y la libertad arraiguen, por eso la amenazan con su violencia. ¿Teme lo mismo El País?
Un texto de Educación para la ciudadanía culpa a los votantes del PP de las muertes de los iraquíes que causan los terroristas a los que se combate. Lo cierto es que la España menguante de hoy tiene los mismos enemigos externos que hace unos años –que son comunes a Occidente – y ya no tiene amigos para hacerles frente. La actitud apaciguadora o sinceramente afín de ZP y sus adláteres para Ahmadineyad, Morales, Chávez o Castro no ha resultado en ningún bien, y sí en varios males, incluida la humillación de sentirnos, además de cornudos, apaleados.
Los terroristas los combate Occidente en Irak, donde las fuerzas multinacionales han hecho bajo el impulso del general Petraeus unos progresos muy notables. España debería estar junto con los demás occidentales y no con los que no dejarán de ser nuestros enemigos.
Churchill dijo que un apaciguador es quien alimenta al cocodrilo esperando que le coma el último.
GEES. Libertad Digital.

24 julio, 2007

CEGUERA E HIPOCRESÍA DE AL GORE.-

Cuando ocupaba el cargo y era responsable de protegernos, Al Gore brilló por su ausencia en la guerra contra el terror. Como Vicepresidente, formó parte de una administración que fracasó a la hora de responder al primer ataque contra el World Trade Center en 1993; que salió corriendo cuando al-Qaeda emboscó a los Rangers del ejército americano en Mogadiscio; que llamó a un cambio de régimen en Irak cuando Sadamm expulsó a los inspectores de armamento de la ONU pero que después no derrocó a Sadamm ni le obligó a permitir el retorno de los inspectores; que fracasó a la hora de responder al asesinato de tropas americanas en Arabia Saudita o el ataque contra el buque de guerra americano en Yemen; que reaccionó a la destrucción de las dos embajadas americanas en África disparando misiles contra una fábrica de aspirinas en Sudán y unas tiendas de campaña vacías en Afganistán; que rehusó matar o capturar a Osama Bín Laden cuando tuvo una docena de oportunidades de hacerlo; y que no introdujo medidas de seguridad aérea simples, recomendadas por su propio grupo de trabajo, que habrían evitado el 11 de Septiembre.
En pocas palabras, a cada acto de guerra contra Estados Unidos durante los años 90, la respuesta Clinton-Gore fue floja e indolente. Y lo que es peor. Al rehusar reconocer unas elecciones presidenciales perdidas, rompiendo así una tradición de cien años, Gore retrasó la transición a la nueva administración que habría tenido que tratar con la amenaza terrorista. Como resultado del retraso de dos meses, el plan integral anti-terror que Bush ordenó al asumir el cargo (el equipo Clinton-Gore no tenía ninguno) no llegó a su escritorio hasta la víspera del ataque del 11 de Septiembre.
Aún así, es característico de la arrogancia miope de Gore amonestar a la administración Bush por no anticipar el ataque del 11 de Septiembre. "Es útil e importante examinar las advertencias que la administración ignoró", escribe Gore en su auto deferente libro nuevo, El asalto a la razón. Como para subrayar su propia hipocresía, a continuación añade: “no para 'señalar a nadie'..." Por supuesto que no.
Como sus colegas Demócratas, Gore se ve a sí mismo como un restaurador de "la razón" para una América camino de la perdición gracias a la serpiente del paraíso. Según Gore, Bush es el embustero por excelencia: "Cinco años después de que el Presidente Bush hiciera su defensa de una invasión de Irak, queda claro ya que virtualmente todos los argumentos que hizo se basaban en falsedades".
La Primera Gran Mentira Bush, según Gore, es que la administración Bush fue a la guerra para eliminar las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, o, según sus palabras: "El primer motivo presentado en favor de la guerra era destruir las armas de destrucción masiva de Irak". Esta familiar afirmación Demócrata es probablemente en sí misma la mayor mentira de la guerra de Irak, más que cualquier cosa que el presidente o su administración hayan dicho. En la práctica, el primer - y último - motivo presentado en favor de la guerra por la administración Bush en cada declaración formal del gobierno acerca de la guerra no fue la destrucción de las armas de destrucción masiva, sino el derrocamiento de Saddam Hussein, o cambio de régimen.
Este cambio de régimen era necesario porque Saddam era un proscrito internacional. Había violado el acuerdo de la Guerra del Golfo de 1991 y todos los acuerdos de control armamentístico que ello representaba, incluyendo las resoluciones de la ONU 687 y 689, y las 15 resoluciones de la ONU posteriores diseñadas para implementarlas. La última de éstas, la resolución 1441 del Consejo de Seguridad de la ONU, era en sí misma un ultimátum a Sadamm que le daba "una oportunidad final" para desarmarse - o afrontar las consecuencias. El ultimátum expiró el 7 de diciembre de 2002, y América fue a la guerra tres meses más tarde.
En contra de todo lo que Al Gore y los demás Demócratas han dicho durante los últimos cuatro años, la violación de los acuerdos de control armamentístico por parte de Sadamm que componían la tregua de la Guerra del Golfo - y no la presunta existencia de armas iraquíes de destrucción masiva - fue la base legal, moral y real para enviar tropas americanas a Irak.
Al Gore y Bill Clinton habían llamado por su cuenta a actuar contra Sadamm por la fuerza cuando expulsó a los inspectores de armamento de la ONU en 1998, una violación clara de la tregua del Golfo. Este fue el motivo de que Clinton y Gore enviasen una "Iraqi Liberation Act" al Congreso ese año; es el motivo de que los Demócratas del Congreso votasen en octubre de 2002 a favor de autorizar al Presidente el uso de la fuerza para derrocarle; y es el motivo de que todo el equipo de seguridad nacional Clinton-Gore, incluyendo al Secretario de Estado, al Secretario de Defensa y al director de la CIA, apoyasen a Bush cuando en marzo de 2003 enviaba tropas americanas a Irak.
La ley de Autorización del Uso de la Fuerza - aprobada por mayoría de ambos partidos en ambas cámaras - es la base legal de la guerra del presidente, la cual desde entonces los Demócratas han traicionado junto a las tropas que enviaron al campo de batalla. La ley de Autorización comienza con 23 cláusulas de "considerando que" justificando la guerra. En contra de Gore y los críticos Demócratas de la administración Bush, solamente dos de estas cláusulas aluden a arsenales de armas de destrucción masiva. Por otra parte, 12 de los motivos para ir a la guerra aluden a las resoluciones de la ONU violadas por Saddam Hussein.
Incluso si estos hechos indiscutibles no dejasen en evidencia a Gore, la destrucción de las armas de destrucción masiva no podría haber sido el "motivo primordial" de la guerra en Irak por este simple motivo. La misma víspera de la guerra, el presidente daba a Irak la opción de evitar un conflicto con las fuerzas americanas. El 17 de marzo, dos días antes de la invasión, Bush difundía un ultimátum a Sadamm en el último momento: abandona el país o haz frente a la guerra. En otras palabras, si Sadamm hubiera accedido a abandonar Irak, no habría habido invasión americana. Es uno de los rasgos más reveladores de la cruzada de los Demócratas contra George Bush que le culpen de la guerra a él en lugar de a Sadamm.
David Horowitz es conocido autor norteamericano y activista de toda la vida de derechos civiles. Desde 1988 es Presidente del
Center for the Study of Popular Culture.

16 mayo, 2007

IRÁN. NOS ACERCAMOS AL DÍA D.-

CASCADAS Y CENTRIFUGADORAS.
El New York Times acaba de publicar un artículo firmado por uno de sus redactores más solventes, David Sanger, en el que se recogen importantes filtraciones sobre las conclusiones a las que han llegado los inspectores de la Agencia Internacional de la Energía Atómica sobre el programa nuclear iraní. Según este medio, los inspectores creen que los ingenieros iraníes han conseguido superar las dificultades técnicas que tenían para hacer funcionar correctamente las centrifugadoras. En este momento están concentrados en producir e instalar "cascadas" (grupos de 164 centrifugadoras). Se calcula que de aquí a fin de año podrían pasar de 1.300 centrifugadoras a unas 8.000. En cuanto al nivel de enriquecimiento de uranio, los inspectores consideran que en la actualidad no supera el 5%, un índice muy bajo. Sin embargo, si las cascadas funcionan correctamente, en cuatro o cinco meses podría alcanzarse el 90% necesario para uso militar. Los alarmistas tenían razón y tanto Al - Baradei como aquellos que quitaban importancia al programa iraní se equivocaron. El tiempo se acaba. El Consejo de Seguridad, es decir, los cinco grandes que forman el Directorio que tiene en su mano el control de este organismo, tiene que tomar una decisión en breve o, por el contrario, ser fiel a su historia y mostrar una vez al mundo que es incapaz de llegar a acuerdos en su seno sobre los temas realmente importantes.
El régimen de no-proliferación se fundamenta en el compromiso de impedir su violación. Si tras la violación norcoreana llega la iraní podemos darlo por muerto. Queda un último intento diplomático. Si fallara nos encontraríamos en el umbral del uso de la fuerza. Para aquellos que por principio se niegan a utilizarla, la opción ya está hecha: la renuncia no explícita al régimen de no proliferación y la aceptación inevitable de un nuevo período lleno de incertidumbres para las que no estamos preparados. Para los que están dispuestos a considerar su uso, llega el momento de la verdad. Rusia ha apoyado a Irán y está pagando por ello un precio que le incomoda. La posible instalación de diez lanzadores de misiles de interceptación en Polonia y de un radar en Chequia suponen un nuevo vínculo de Europa con Estados Unidos, precisamente cuando la Alianza Atlántica hace aguas por todas partes. La propuesta de Merkel de llevar la instalación de dispositivos de defensa antimisiles a la OTAN, implica desde su perspectiva algo aún peor. Su objetivo ha sido desde hace decenios romper el vínculo atlántico y su política proiraní, despreciando los sentimientos de vulnerabilidad europeos ante los misiles persas, ha tenido un efecto perverso para sus intereses estratégicos. Rusia ha congelado su colaboración con Irán en materia nuclear, pero de ahí a apoyar una acción militar contra ese país hay un abismo que difícilmente saltarán.
Los gobiernos británico, alemán y francés han criticado duramente las intenciones iraníes y, con la llegada de Sarkozy al Elíseo, todos ellos tienen gobernantes con buenas y cómodas relaciones con Bush. Sin embargo, las minorías musulmanas en estos tres países son importantes y un sector nada despreciable de la población es contrario al uso de la fuerza. En Alemania, donde Merkel gobierna en coalición con los socialdemócratas y donde la población vive todavía bajo el estigma de lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial, la posición pacifista es absolutamente mayoritaria. En Francia una opción militar pondría en serios aprietos su tradicional política pro-árabe. A estos elementos hay que sumar sus previsibles consecuencias: un ataque militar complicaría la situación en Irak, provocaría una violenta reacción iraní y elevaría el precio del barril de petróleo por encima del listón de los cien dólares. Bush ha repetido que no le temblaría la mano a la hora de ordenar el ataque contra las instalaciones militares iraníes si las opciones diplomáticas hubieran fracasado y el tiempo hubiera concluido. Recientemente, Cheney ha declarado desde la cubierta de uno de los dos portaviones norteamericanos situados en el Golfo Pérsico que Estados Unidos no permitirá que Irán acceda al armamento nuclear. ¿Son creíbles estas declaraciones? El Congreso está en su contra, el índice de popularidad de la Administración es muy bajo y el Partido Republicano trata desesperadamente de escapar del conflicto iraquí. En estas condiciones, ¿será Bush capaz de ordenar el ataque? Cualquiera que le conozca mínimamente sabe que sí, que actuará en conciencia. Pero eso no quiere decir que lo vaya a hacer. Puede concluir que hay todavía tiempo para que sea el próximo presidente quien tome la decisión. Tampoco parece que ni la popularidad de Olmert, 2% de apoyo, ni las capacidades militares de Israel ni el coste diplomático implícito en un ataque a Irán aconsejen una operación militar exclusivamente israelí.
El tiempo se acaba y sea cual sea la decisión que se tome y dónde se tome, sus consecuencias serán muy importantes para el futuro.
GEES. Libertad Digital.

AFGANISTÁN: LA GUERRA QUE NO EXISTE.-

LA MUERTE DE CIVILES EN COMBATES CONTRA LOS TALIBANES DISPARA LA CRÍTICA DE ORGANIZACIONES DE DERECHOS HUMANOS.
Tras la muerte de la soldado Idoia Rodríguez en Afganistán el pasado 21 de febrero, el ministro José Antonio Alonso aseguraba que la situación en el país “no era bélica”, pero por mucho que se empeñe el titular de Defensa, pocas palabras pueden definirla con mayor precisión: tropas de 37 países en una fuerza liderada por la OTAN; bombardeos prácticamente diarios de los B-1 estadounidenses; ataques cada vez más frecuentes de talibanes e insurgentes, muchos de ellos con kamikazes; 2.739 muertos entre septiembre y febrero recogidos en el último informe de Naciones Unidas; 700 víctimas civiles en 2006, según Human Rights Watch. ¿Si esto no es una guerra...?
Después de cinco años de ocupación militar internacional, la situación empeora día a día. La insurgencia, predominantemente talibán, ha resurgido en el último año con armas más potentes; con más dinero gracias al contrabando de opio; con el apoyo tácito de Pakistán, a quien no le desagrada un Afganistán inestable y sobre todo importando del escenario iraquí una nueva estrategia, el recurso a los atentados suicidas: al menos 136 el pasado año.
Para contrarrestar la temida revitalización de la violencia en primavera, la Fuerza para la Asistencia a la Seguridad (ISAF) lanzó el pasado marzo la Operación Aquiles, la mayor ofensiva contra los talibanes desde 2001, en la que participan alrededor de 4.500 soldados extranjeros y 1.000 del Ejército afgano. Aunque la prensa española apenas se ocupa de ella y los informes de la ISAF hacen más hincapié en los regalos repartidos a los niños en los colegios, basta un simple vistazo a la página web del comando central estadounidense para seguir las operaciones de los bombarderos B-1B Lancer o de los F/A18 Hornet que lanzan bombas teledirigidas GBU-38 en el sur de Afganistán. Según Enrico Piovesana, periodista del diario italiano online Peacereporter, que acaba de regresar del país asiático “los bombardeos de aviones ingleses, americanos y franceses en las provincias meridionales de Kandahar y Helmand son desde hace un año cotidianos y cada uno de ellos es una matanza de civiles”.
En cuanto a las tropas españolas, se repite el intento oficial de intentar pasar de puntillas por la verdadera situación. Aunque es cierto que los 700 soldados que constituyen la aportación española a la ISAF no toman parte en los combates más duros en el sur del país, sí participan junto a tropas italianas, americanas y afganas y bajo el Mando Regional Oeste, en una misión para la “impermeabilización” de la frontera entre las provincias occidentales de Farah, Herat y Ghor y la de Helmand, en la que está teniendo lugar la ofensiva más fuerte de la Operación Aquiles. Es decir, tienen que evitar que los talibanes intenten refugiarse en la zona oeste, fronteriza con Irán. Sin embargo “los talibanes ya han llegado al oeste” - afirma el periodista Enrico Piovesana - y además no se puede decir que las tropas italianas o españolas se dediquen sólo a patrullar. Son fuerzas especiales que han sido adiestradas para algo más”.
Un favor a los talibanes La población civil es, una vez más, la gran víctima de esta guerra silenciosa. La Comisión Afgana Independiente de Derechos Humanos (AIHRC) denunció en un informe del pasado mes de abril que en muchas ocasiones los civiles son los principales objetivos de los bombardeos, ataques suicidas y operaciones militares y que en todo caso hay una cantidad desproporcionada de víctimas civiles. Entre los muchos casos que recogen se encuentran por ejemplo los nueve civiles muertos cuando bombas de casi una tonelada destruyeron su casa en el distrito de Nijrab, al norte de Kabul o los diez muertos y 33 heridos provocados por los disparos indiscriminados de los marines estadounidenses tras un ataque suicida en Nangahar (hechos corroborados en una investigación del mayor general Francis H. Kearney, jefe del Mando Central de Operaciones Especiales).
Denuncian también las ejecuciones extrajudiciales, mutilaciones y secuestros contra trabajadores afganos que colaboran con las fuerzas internacionales La frustración de la población ante el número de víctimas civiles, la falta de comida y ayuda humanitaria, la corrupción gubernamental y el escasísimo avance en campos como la educación, salud o desarrollo económico es cada vez mayor. Enrico Piovesana subraya que “en el sur, ya desde hace más de un año la población ha entendido que las fuerzas internacionales están allí para destruir, que no han hecho nada por el país. Pero este mecanismo se está activando también en el oeste, donde hasta ahora no eran vistos con hostilidad. Cada bomba que cae es un talibán más. Se les está haciendo un bonito favor”.
Mientras se sigue hablando de acción humanitaria son muchas las voces que advierten que en los próximos meses el conflicto será cada vez más violento. “Es una hipocresía evidente que no se merece muchos comentarios”, subraya el periodista italiano. “Es una guerra abierta. Estados Unidos, que nunca se ha empleado a fondo dejando que la situación empeore, pretende que la OTAN sea su brazo armado. En estos momentos salir de Afganistán sería un desafío a la política norteamericana, un acto político muy fuerte que ningún Gobierno europeo tiene el coraje de cumplir”.

13 mayo, 2007

DEMÓCRATAS Y APACIGUAMIENTO.-

Supe que los sucesos en Oriente Medio eran importantes cuando el New York Times les dedicó casi tanto espacio como al veredicto de un tribunal de Nueva York hace un par de semanas en el que rechazaba el matrimonio homosexual.
Algunos han argumentado que la respuesta de Israel es desproporcionada, lo que en realidad es correcto: no fue lo bastante fuerte ni de lejos. Lo sé porque aún hay zonas del sur del Líbano en pie.
La mayor parte de los norteamericanos han estado pegados a las pantallas de sus televisores, asombrados ante la demostración de poder de Israel, preguntándose: "Vaya, ¿por qué no podemos hacer eso?"
El presidente del Comité Nacional Demócrata Howard Dean afirma que "lo que está pasando en Oriente Medio hoy" no estaría sucediendo si los demócratas estuvieran en el poder. Cierto, si los demócratas estuvieran al cargo, nuestras ciudades estarían en ruinas y el estado de Israel habría sido borrado del mapa ya.
Pero según Dean, los demócratas tendrían "la autoridad moral que tuvo Bill Clinton" –no, en serio, siga leyendo – "cuando reunía a israelíes y palestinos". Clinton realmente obtuvo la Paz de Nuestro Tiempo con ese acuerdo, siendo "nuestro tiempo" una referencia a la emisión televisiva de cinco minutos en la que lo anunció. Yaser Arafat se retractó inmediatamente de todas sus promesas e inició la segunda intifada.
El hecho de que Israel sea capaz de lanzar un ataque contra Hezbolá sin provocar instantáneamente una conflagración multinacional en Oriente Medio es prueba de lo que ha logrado Bush. Ha empezado a crear un bloque moderado de líderes árabes que aparentemente no están interesados en convertirse en el próximo Sadamm Hussein. No ha habido una quiebra de la bolsa, mostrando que los mercados tienen confianza en que Israel tratará apropiadamente el problema y éste no se expandirá hasta convertirse en la Tercera Guerra Mundial.
Pero los progresistas nunca pueden abandonar la idea de que debemos aplacar a bestias salvajes apaciguándolas, ya estemos tratando con asesinos como Willie Horton o con terroristas islámicos. Después la bestia te come. Y es que sólo hay dos opciones con los salvajes: luchar o salir huyendo. Los demócratas siempre quieren salir huyendo, pero se disfrazan con lemas huecos como "diplomacia", "detente", "implicación", "implicación multilateral", "diplomacia multilateral", "contención" y "acudir a la ONU". Supongo que piensan: "Hey, el apaciguamiento funcionó muy bien con... uh... espere, esta me la sé... ummm... lo tengo en la punta de la lengua..."
A los Demócratas les gusta hablar, pero nunca te los encuentras luchando. Siempre existe una oscura objeción a plantearse en cada circunstancia particular. ¡Pero en alguna guerra futura, van a ser intrépidos! Simplemente una es incapaz de imaginarse cuál será esa guerra. Los demócratas nunca han encontrado una guerra de la que no puedan huir.
En "Meet the Press" el mes pasado, al senador Joe Biden le preguntaron si apoyaría una acción militar contra Irán si los iraníes llegasen a "apretar el acelerador con la construcción de su programa nuclear". No, por supuesto que no. No hay, decía Biden, "amenaza inminente en este punto".
Según los demócratas, no podemos atacar a Irán hasta que hayan firmado una declaración jurada afirmando que tienen armamento nuclear, pero tampoco podemos atacar a Corea del Norte porque puede disponer ya de armas nucleares. El patrón que parece emerger que es: "No ataques a nadie, por ningún motivo, nunca. Nunca".
Los demócratas están irritados porque Corea del Norte tiene misiles nucleares, con Howard Dean diciendo que los demócratas son más firmes que los republicanos en materia de defensa porque, desde que Bush es presidente, Corea del Norte "ha cuadriplicado su arsenal de armamento nuclear". No era muy difícil. Clinton concedió a los norcoreanos 4.000 millones de dólares para construir reactores nucleares a cambio de vagas promesas de no utilizar los reactores para construir bombas. Pero extrañamente, a pesar de este triunfo de la "diplomacia", los salvajes no respondieron portándose bien. En su lugar, se pusieron a trabajar inmediata y febrilmente en la construcción de armas nucleares.
Pero esa es otra amenaza que los demócratas no juzgan que esté madura para la acción aún. En "Meet the Press" el pasado domingo, el senador Biden despreciaba a la ligera a los norcoreanos diciendo que "su gobierno es como un escolar de octavo grado que busca llamar la atención con un petardo" y que "ni siquiera la gente de Inteligencia dice que sea seguro que tengan armas nucleares".
¿Esa es la prueba? ¿Necesitamos tener la absoluta certeza de que los norcoreanos tienen una bomba nuclear capaz de golpear California con Kim Jong Il jurando solemnemente bombardear Estados Unidos (y dando realmente su palabra esta vez) antes de que nosotros... qué? ¿Si tienen una bomba nuclear, qué hacemos entonces? ¿Es la guerra mundial termonuclear esa en la que los demócratas por fin van a estar dispuestos a luchar?Los demócratas no reconocerán la existencia de "una amenaza inminente" en ninguna parte del mundo hasta que haya un misil nuclear a 12 minutos de Nueva York. Y entonces nunca tendremos la satisfacción de decirles "Os avisamos" porque estaremos todos muertos.

Ann Coulter.