15 junio, 2006

6.3.1938. COMBATE DE CABO DE PALOS.-

HUNDIMIENTO DEL CRUCERO BALEARES.-
Situación y fuerzas enfrentadas. En 1938 la inactividad de la Flota Republicana, cuyo único cometido era la escolta de los buques que arribaban a sus puertos, frente a una activa Flota Nacionalista, que no sólo escoltaba a sus convoyes, sino que además combatía -en inferioridad numérica- con su antónima, llevó al alto mando republicano a confeccionar un plan para elevar la moral de las dotaciones y, a la vez, asestar un duro golpe al enemigo. Quizás extrañe el orden de los objetivos, pero a tenor de la operación proyectada, con la escasa preparación de la flota, era más que improbable llevarla a cabo. La operación proyectada por el mando republicano consistía en la acción de tres de las lanchas rápidas torpederas de origen soviético - las nº-11, - 21 y -31 - que partirían de su base de Portman el 5 de marzo y, al anochecer, se encontrarían con la 1ª Flotilla de Destructores a 14 millas del puerto de Alicante, para a continuación dirigirse a Formentera y, una vez allí, repostar de los destructores. Finalmente, estaba previsto dirigirse a la Bahía de Palma para atacar a los cruceros nacionales allí fondeados. Como se puede apreciar, la operación resultaba poco creíble, no por las intenciones y planificación, sino por la imposibilidad de llevarla a cabo con unas dotaciones, las de las lanchas, que carecían de preparación alguna para este tipo de misión. Las fuerzas navales designadas para llevar a cabo la acción -aparte de las lanchas ya mencionadas que, como se verá, no participaron en acción alguna - eran:
1ª Flotilla de Destructores (al mando del T.N. Sánchez Barreiro), compuesta por los destructores: "Jorge Juan" (T.N. Ignacio Figueres)
"Escaño" (T.N. Luís Núñez de Castro)
"Ulloa" (T.N. Diego Marón Jordán), todos ellos pertenecientes a la
segunda serie de los Churruca y "Almirante Valdés" (T.N. -habilitado- Juan B. Oyarzábal Oruete), clase Churruca (1ª serie).
Como apoyo, se contaba con el grueso de la Flota Republicana (al mando del Almirante González Ubieta), compuesta por:
Crucero "Libertad" (T.N. Eduardo Armada Sabau), de la
clase Cervera
Crucero "
Méndez Núñez" (T.N. Pedro Prado Mendizábal), del tipo homónimo
2ª Flotilla de Destructores (al mando del T.N. Fernando Oliva Llamusí):
"Sánchez Barcaíztegui" (T.N. Alvaro Calderón Martínez) y
"Lepanto" (T.N. David Gasca Aznár),
clase Churruca de la primera serie;
"Almirante Antequera" (T.N. Ricardo Noval Ruiz) y
"Gravina" (T.N. José Luís Barbastro Jiménez), de la
segunda serie de los Churruca y "Lazaga" (T.N. Ramón Guitar de Virto), de la clase Alsedo
Estos buques de apoyo se situarían al nordeste de cabo de Palos, hasta reunirse con la 1ª flotilla a su vuelta de Formentera. En la madrugada del 5, contando con los partes metereológicos favorables y tras haber sido detectados en su fondeadero los cruceros nacionalistas, se decidió iniciar la operación. A las 15:38 horas salió de Cartagena la 1ª Flotilla, para hacerlo 32 minutos más tarde el resto de la flota. No había pasado ni una hora desde su partida, cuando al Almirante González Ubieta, se le comunicó el regreso de las lanchas a Portman por mal tiempo.
Al mismo tiempo, la División Nacional de Cruceros del Contralmirante Vierna, compuesta por los cruceros:
"Baleares" (C.N. Isidro Fontenla Maristany) y "Canarias" (C.N. Rafael Estrada Arnaiz), únicos integrantes de la
clase Canarias, y el "Almirante Cervera" (C.N. Ramón Agacino Armas), gemelo del republicano "Libertad", contactaba con un convoy compuesto por los mercantes "Umbe Mendi" y "Aizkori Mendi", escoltados por los cañoneros "Canalejas" y "Cánovas", regresando estos últimos a Palma.
El combate. La flota republicana, a pesar de no contar ya con el concurso de las lanchas torpederas, sigue con la operación, a 20 nudos (según la Orden de Operaciones 142 - C, la cual indicaba rumbos, horarios y formaciones prefijadas), para a las 00:45 arrumbar al 256º hacia Cartagena y a las 07:00 horas reunirse con la 1ª Flotilla de Destructores y entrar en la base de Cartagena. La operación se lleva a cabo con normalidad cuando, a las 00:38 horas y rumbo 65º, se contacta visualmente con la División de Cruceros Nacional, que viene de vuelta encontrada por la amura de babor y a una distancia de 2.000 metros. El contacto de la División de Cruceros con las naves republicanas es, al parecer a las 00:40 horas. En ese momento, el "Baleares" cae a babor, justo cuando desde el puesto A del "Canarias" se observa la presencia de la Flota Republicana, aumentando la velocidad de los cruceros a 22 nudos, cayendo al 210º y pasando por la popa del grueso republicano. A las 00:41, el "Sánchez" dispara tres torpedos sobre el "Cervera", sin éxito. El encuentro ha sido rápido, tanto que hasta las 00:44 horas en las unidades republicanas no se ordena "cada uno a su puesto" y "preparados para lanzar torpedos" 1. En ninguna de las formaciones se esperaba el encuentro. La flota republicana contaba con un parte de su aviación que indicaba que apenas 24 horas atrás los cruceros estaban fondeados en su base de Palma, y los nacionalistas, pese a tener un buen servicio de información en Cartagena, desconocían la salida de la Flota Republicana. Además, la aviación nacionalista no había efectuado ningún reconocimiento aéreo, debido a la descoordinación existente entre la Flota y la "Aviación Legionaria" estacionada en Palma. Apenas ha transcurrido el encuentro, Ubieta cambia de rumbo - a las 00:45 horas -, cayendo al 155º. La División de Cruceros pierde el contacto con la flota enemiga a las 00:55 horas, iniciando a continuación una serie de inversiones de rumbo, para no alejarse de los mercantes que escoltaba.
A las 01:15 horas Ubieta busca el rumbo 256º, directo a su base, ya que la flota republicana ha cumplido con su misión, "entablando combate con el enemigo en caso de encontrarlo". Igualmente, los buques de Vierna caen al 220º a las 01:20 horas.
Por parte de los nacionalistas, el Contralmirante Vierna posiblemente creyó que lo más conveniente sería escoltar a los mercantes y evitar el combate nocturno, conociendo la presencia de destructores. Quizás creyó que la Flota Republicana habría puesto rumbo a Cartagena inmediatamente después del encuentro, en lugar de tardar media hora en hacerlo. A las 02:00 horas, Vierna invirtió la marcha para, 15 minutos después, volver al rumbo original. Mientras efectúa estas maniobras, se comunica con los demás cruceros por el Scott. Estas señales fueron vistas desde la flota republicana a las 02:13 horas, ordenándose a las 02:14 horas al jefe de la 2ª Flotilla de Destructores que iniciase ataque. Apenas un minuto más tarde, ambas flotas entraban en contacto de nuevo, yendo de vuelta encontrada. La distancia era aproximadamente de 2.000 metros. El "Baleares" es el primero en abrir fuego, y lo hizo con granadas iluminantes, para situar correctamente a la flota republicana y poder atacar con la artillería. Responde el "Libertad", sin resultado, sumándose al combate los destructores, que lanzan sucesivamente sus torpedos: a las 02:17 horas cuatro desde el "Sánchez Barcaíztegui", a las 02:18 horas cinco desde el "Antequera" y, finalmente, tres el "Lepanto" a las 02:19 horas.
Pasado un minuto desde el último lanzamiento, desde el "Libertad" se vio al "Baleares" "volar en medio de una gran llamarada de la que se aprecia una altura de 1.200 metros por haber sido alcanzado por los torpedos".
El "Lepanto" había dado en el blanco (la explicación para conocer que fue el "Lepanto" el autor del hundimiento es la siguiente: "como los lanzamientos nocturnos se hacen presurosamente y con la máxima velocidad del torpedo - 42 nudos para el de 533 mm - los tiempos de impacto que han de transcurrir están comprendidos entre 1 y 1'2 minutos,(...) y entre las 2 horas 21 minutos y las 2 horas 21'2 minutos, si quien logra el impacto es el "Lepanto").
En ninguna formación se daba crédito a lo sucedido. Ubieta manda suspender el fuego, y prosigue en el mismo rumbo y velocidad mientras Rafael Estrada, comandante del "Canarias" - que asume el mando de la división de cruceros -, empieza a poner orden en sus filas, identificando al "Cervera". Ante el avistamiento de unas sombras, efectúa inversiones de rumbo hasta que a las 02:42 horas se dirige en demanda del convoy, dándole escolta por temor a un ataque y con la intención de regresar, cuando éste ya estuviese a salvo, en ayuda de su gemelo.
Mientras ambas flotas abandonan el lugar, dos destructores británicos, los "Boreas" y "Kempenfelt" ven los proyectiles iluminantes y la explosión, dirigiéndose al lugar del combate a toda máquina. A las 03:50 horas ven al crucero en llamas y a las 04:25 horas pueden ya ver a los hombres del "Baleares" en el agua. A partir de ese momento, se inicia una operación de rescate tan audaz como arriesgada, llegando a abarloarse el "Kempenfelt" al "Baleares", teniendo que desistir de la maniobra ya que el crucero empezó a hundirse. En total, se rescataron 469 hombres. El proyectado auxilio del "Canarias" fue en vano, pues el "Baleares" desapareció a las 05:08 horas, arrastrando consigo a 788 hombres, "un contralmirante, un capitán de navío, un capitán de fragata, cuatro capitanes de corbeta, 30 oficiales, 62 suboficiales, 32 cabos y 657 hombres de marinería, infantería de marina, maestranza, etc.", sin duda el mayor desastre de un buque en la historia de la Marina española (téngase en cuenta que en esta acción murieron más hombres que en todas las operaciones navales de la Guerra de 1898). A las 07:20 horas, reaparecen los cruceros nacionalistas, iniciándose el traslado de los heridos. El "Canarias" permanece con las máquinas en marcha y no arría ningún bote, en previsión de un posible ataque, que efectivamente llega a las 08:58 horas, cuando una formación de 9 Tupolev SB - 2 "Katiuska" bombardea los buques, llevándose la peor parte el "Boreas" donde hubo un muerto y cuatro heridos. Triste y duro tributo para una acción tan desinteresada.
Análisis y consecuencias. Después del combate, en el bando republicano se criticó al Almirante Ubieta por no ir a cazar al resto de la Flota Nacional, indicando éste que cesó el fuego por la perdida del contacto con la División de Cruceros, debido a que el encuentro fue de vuelta encontrada y "se sumaron las velocidades" (la velocidad relativa era de 42 nudos), perdiéndose de vista ambas formaciones en muy poco tiempo - aproximadamente 17 minutos -. Además, los destructores habían lanzado 15 de sus 30 torpedos y "un combate de noche, además de ser completamente casual, no puede ni debe tener nunca una segunda parte. Tenemos un ejemplo clarísimo: los ataques de los destructores ingleses a la Flota de Alta Mar alemana en la noche del 31 de mayo al 1 de junio de 1916 (después de la batalla de Jutlandia). Las dos flotillas inglesas se encontraron casualmente con la flota alemana y la fueron atacando a medida que cada una se encontraba con ella, pero ninguna volvió a repetir el ataque, lo que fácilmente se comprende, dado que se exponían a encontrarse de noche con otra flotilla propia de las que venía detrás, y expuestas, por consiguiente, a confundirlas con el enemigo". Por otro lado, se había alterado la formación de los destructores para que pudieran sumarse al combate artillero, por lo que la adopción de la formación de ataque se hubiera demorado durante cierto tiempo; debido a la oscuridad, el temor a utilizar la onda corta - para no ser detectados - y, por supuesto, la falta de preparación de las dotaciones de los destructores para efectuar la maniobra. Tan sólo dos de los destructores mantenían intacta su dotación de torpedos: el "Gravina" y el "Lazaga", por lo que sería mas útil mantenerlos como escolta de los cruceros, antes que arriesgarlos en un combate cuyo resultado predice Ubieta como "una destrucción segura".
Se ha comentado el hecho de que la Flota Republicana desconocía la presencia del convoy. De no haber sido así, ¿deberían los buques republicanos haberse lanzado a su caza? Probablemente no, porque el contacto con el convoy hubiese sido bastante complicado; como más arriba se ha visto, había que cambiar la formación de las naves y además un ataque de este estilo podía resultar una temeridad, porque en cualquier maniobra, la flota de Ubieta se podría haber encontrado entre los cruceros nacionales y la costa africana, con consecuencias inimaginables - sobre todo tras haber gastado la mitad de sus torpedos -. En el bando nacional se pecó de una excesiva auto confianza, con el agravante de contar con unas dotaciones hastiadas (y proporcionalmente combativas) por la monotonía de este tipo de misión, la casi inexistencia de una cooperación con la aviación - los reconocimientos tan solo se efectuaban "¡cuando no podían hacer otra cosa!" - y la falta de escolta por parte de los destructores de procedencia italiana (clases "
Melilla" y "Teruel"), que hubieran proporcionado una mayor libertad a los cruceros en el caso de un combate como el que se produjo. Se ha criticado el excesivo uso de las bengalas por parte de la división de cruceros, aunque esta profusión estaba "apoyada en la preceptividad vigente en la época" - el mismo Ubieta manifiesta que a sus cruceros "es muy necesario el proporcionárselas (las bengalas)" -. Sin embargo, el T.N. Manuel Cervera (oficial superviviente más antiguo) manifiesta en el informe sobre las causas de la perdida del "Baleares" que el uso de bengalas debe restringirse "solamente para bombardeos de objetivos fijos y conocidos o para iluminar blancos perfectamente situados, pero nunca sin esta certeza, pues puede servir para que un enemigo en situación opuesta a la que se supone reconozca y descubra perfectamente al que dispara el luminoso". Es imposible saber si en el puente del "Baleares" se había identificado el blanco, pero probablemente el uso de bengalas fue un grave error, ya que la visibilidad era bastante buena aquella noche y la División de Cruceros estaba suficientemente preparada para disparar de noche de una forma efectiva, como también hizo el "Libertad" con mucha menor preparación. Señala el mismo oficial una excesiva precaución en disparar, ya que no se podía hacer "sin orden expresa del puente", añadiendo que "con una perfecta información que deben tener los buques en operaciones de la situación de las fuerzas propias, no cabe duda que todo buque apagado en la costa roja ha de ser enemigo". Por último, cabe resaltar otro error que llevó a la pérdida del "Baleares": el excesivo uso de las señales de los telégrafos luminosos - o Scott -. No olvidemos que estas señales fueron vistas por la flota republicana a las 02:13 horas, un minuto más tarde se dio la orden de ataque, a las 2:15 horas el "Baleares" efectuó su fatal andanada iluminante y, finalmente, los destructores lanzaron sus torpedos entre las 2:17 y las 2:19, con el resultado ya conocido. La conclusión es que la División de Cruceros cometió más errores que su contrario, no sólo por considerar una escolta como algo rutinario - el almirante Moreno no embarcó por considera la operación como secundaria - sino también por carecer de información - teniendo todos los medios para evitarlo - por abusar de la señalización luminosa y, finalmente, por delatarse el "Baleares" al utilizar sus proyectiles iluminantes. A pesar de la perdida de un tercio de su potencial, la Flota Nacional no cambió su actitud, continuando su dominio del mar -no en vano el "Canarias" era conocido como el "Emperador del Mar" y el "Cervera" como el "Chulo del Cantábrico" - y sustituyendo en la División de Cruceros al "Baleares" por el recién reformado "Navarra". Por parte republicana, la operación proyectada era de muy difícil realización, pensada sólo con el fin de elevar la moral; pero, al saber aprovechar los medios disponibles de una forma efectiva - además de contar con la "colaboración" del adversario - Ubieta consiguió un resultado mucho mayor del que cabía suponer. Sin embargo, la flota republicana no supo aprovechar el éxito para romper el dominio enemigo y eso le condujo finalmente a la derrota.
Resumido de un trabajo de Jorge Peñalva.

14 junio, 2006

EL ARMA SUBMARINA DURANTE LA GUERRA CIVIL.-

La guerra submarina durante la Guerra Civil española no fue tan decisiva como, años después, lo sería en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el Arma Submarina española y los submarinos de otras naciones, principalmente Italia y Alemania, no fueron ajenos a los combates y acciones de guerra que se produjeron entre el 17 de julio de 1936 y el 1 de abril de 1939. Al inicio de la contienda, la Armada Española contaba con 12 submarinos, 6 de la serie B y 6 de la serie C - ver "Málaga y el submarino C 3", en esta misma blog - que quedaron bajo el control gubernamental. El bando nacionalista, carente de este tipo de buques, incorporó el 20 de abril de 1937 los submarinos italianos Archimede (General Mola) y Torricelli (General Sanjurjo), completando un total de 14 submarinos que quedaron asignados a la Armada Española, bien en el bando republicano o en el bando nacionalista. La Armada Italiana contribuyó a la causa nacionalista mediante la participación varias unidades de superficie y de 58 submarinos, que efectuaron misiones de patrulla e intercepción del tráfico mercante en aguas del Mediterráneo, el mar Egeo, el canal de Sicilia y el norte de África. Muchos de estos buques intervinieron en combates y en el bombardeo de objetivos en las costas españolas. La Kriegsmarine, igualmente, envió varias de sus más modernas unidades de superficie y no menos de 8 submarinos a aguas españolas. Poco se sabe de la participación de unidades submarinas de otros países y, aunque se ha especulado sobre la presencia de submarinos soviéticos en aguas españolas, éste punto nunca ha sido demostrado.
La Intervención Alemana. El fracaso del golpe militar de julio de 1936 contra el gobierno de la República, sumió a España en una cruel guerra que habría de extenderse hasta 1939. La situación política de Europa en aquellos años invitó a las potencias extranjeras a intervenir en el conflicto, bien para defender sus intereses y los de sus ciudadanos en España, bien adquiriendo un papel más activo apoyando a las fuerzas de uno u otro bando. De forma inmediata, el gobierno francés comenzó a enviar ayuda al Frente Popular republicano e igualmente hizo la Unión Soviética, ayuda que culminó con la formación e intervención de las Brigadas Internacionales. El bando nacional obtuvo el apoyo del gobierno alemán y de la Italia de Mussolini (ver La Intervención Italiana). Ambos países contribuyeron a la guerra submarina, prestando un gran servicio a la mermada flota nacional, carente de submarinos.
El inicio de la intervención alemana. Las circunstancias de la intervención alemana relativa a la guerra submarina han permanecido ocultas a la historia hasta hace pocos años. Esta falta de información fue debida a las condiciones de confidencialidad y secreto bajo las que se desarrollaron estas operaciones y, aun hoy, quedan muchas lagunas. En la tarde del 17 de julio de 1936, el agregado naval en español en París, Teniente de Navío Arturo Génova, dimitió de su cargo y, a principios de agosto, volvió a España para informarse de la situación naval. En aquellos primeros días se vio la necesidad de establecer el control de los mares, ya que una gran parte de las tropas nacionales se encontraban bloqueadas en el Marruecos Español por la escuadra republicana, que controlaba el Estrecho de Gibraltar y, además, los embarques de armas procedentes de Francia y destinados a los puertos republicanos del Mediterráneo se multiplicaban según pasaba el tiempo. Génova, como submarinista, pensó que la solución estaría en la guerra submarina e inició contactos con las potencias amigas para obtener dos submarinos. Viajo a Alemania y se entrevistó con el Almirante Canaris, desplazándose después a Lisboa y a Roma. El Alto Mando Naval Alemán (OKM) y, principalmente, el Almirante Raeder se resistieron a la idea de ceder submarinos a la flota nacional, basándose en los riesgos políticos que implicaría tal acción. Alemania se encontraba en un rápido proceso de rearme, fruto del tratado anglo alemán de abril de 1935, y no deseaba atraer la atención de las otras potencias. A principios de octubre, el Almirante Moreno, jefe de la flota nacional, solicitó del oficial de enlace alemán, Comandante Wagner, la cesión de al menos un submarino. Wagner dejó que Moreno creyese que Alemania cedería un submarino del Tipo IIA, para misiones costeras, bajo mando alemán. Esta cesión nunca se produjo. El 24 de octubre se celebró una reunión en Berlín entre Hitler y el Conde Ciano, Ministro de Asuntos Exteriores de Italia, para formar el Eje Roma-Berlín. Durante esta reunión, Ciano informó a Hitler de la intención de utilizar dos submarinos para apoyar al bando nacional y ambos países acordaron incrementar su ayuda a dicho bando, incluyendo la utilización de la Legión Cóndor.
El diseño de la Operación Ursula. El 2 de noviembre, el OKM desarrolló un plan para enviar dos submarinos oceánicos a las costas españolas. A pesar de los riesgos políticos, se pensó que esta acción sería un buen entrenamiento para los buques y sus tripulaciones en caso de una futura guerra Franco-Alemana. La operación se diseñó como unas maniobras y recibió el nombre de Ursula, en honor a la hija de Capitán Karl Dönitz, jefe del Arma Submarina alemana. La orden de operación llegó el 6 de noviembre y se asignó al Almirante Boehm como jefe de la operación y enlace entre el OKM y los submarinos. Boehm debía coordinar las acciones de los submarinos alemanes con las de los submarinos italianos, estableciendo patrullas de dos semanas en las que se alternarían los buques de ambas naciones. Las órdenes eran atacar a los buques de guerra republicanos, principalmente acorazados y cruceros. Todas las acciones deberían realizarse en el mayor de los secretos. Para esta misión, los submarinos asignados fueron el U-33 y el U-34, ambos del Tipo VIIA, pertenecientes a la 2ª Flotilla "Saltzwedel" (Wilhelmshaven), y sus comandantes titulares (Ottoheinrich Junker y Ernst Sobe) fueron sustituidos por submarinistas más experimentados, los Tenientes Kurt Freiwald y Harald Grosse, respectivamente. Grosse ya había navegado por aguas españolas en 1931, durante las pruebas del
E-1, submarino diseñado por la Yngenieurs Kontor voor Scheepsbouw de Holanda, empresa financiada por la Kriegsmarine, y construido en los astilleros españoles de Horacio Echevarrieta. El 17 de noviembre los comandantes Lange y Heye son enviados a Roma para coordinar con los almirantes Pini y Di Giamberino las acciones submarinas. En esta reunión se acordó que los submarinos italianos patrullarían en sus zonas hasta el 29 de noviembre, volviendo después a sus bases. El día 30 de noviembre, los submarinos alemanes llegarían a sus zonas de patrulla. El 11 de diciembre, los submarinos alemanes se retirarían y serían reemplazados por submarinos italianos. Como medida de seguridad, la noche del relevo ningún submarino podría lanzar torpedos a otro submarino. Además, nadie, excepto los oficiales involucrados en las operaciones debían ser informados. Esto incluía al gobierno nacional español, motivo por el cual una gran parte de las operaciones han permanecido ocultas hasta hace poco. Los submarinos alemanes, en caso de emergencia, podrían hacer uso de la base italiana de La Magdalena, a la cual deberían entrar bajo pabellón italiano.
La Operación Ursula. El 20 de noviembre el U-33 y el U-34 salieron del Elba. Ambos buques no debían ser avistados, incluso por barcos alemanes. Para ello, debían borrar todos los elementos de identificación y arriar las banderas hasta su vuelta. Si alguno de ellos era descubierto, debía volver inmediatamente. Las tripulaciones fueron instruidas para guardar el máximo secreto de por vida, bajo pena de muerte. Atravesaron el Canal de la Mancha el 22 de noviembre y cruzaron el Estrecho de Gibraltar en la noche del 27 al 28 de noviembre, donde se cruzaron con un destructor republicano que no llegó a detectarlos. A su llegada al Mediterráneo, aguardaron a que los submarinos italianos se retiraran de sus zonas de patrulla. Durante esta espera, el U-34 fue destacado a aguas de Málaga, en busca de blancos ocasionales. En la tarde del 29 de noviembre, los submarinos italianos volvieron a sus bases. El U-33 se dirigió al Este del Cabo de Palos, patrullando desde este punto hacia el Norte, hasta el Cabo de la Nao. La zona de patrulla del U-34 comprendía desde el Oeste del Cabo de Palos hasta Cartagena. En la tarde del 30 de noviembre, ambos submarinos estaban en sus zonas, listos para operar. Durante los días que siguieron, la confusión reinó entre los comandantes de ambos submarinos, el oficial de enlace Boehm y el OKM. Las órdenes llegaban lentamente y las normas de operaciones variaban con frecuencia debido a los riesgos políticos. Los submarinos solo recibían órdenes por las noches, cuando se distanciaban veinte millas de la costa para emerger y recargar sus baterías. En un momento dado, Boehm llegó a desconocer que ordenes estaban vigentes para sus comandantes. Al anochecer del 1 de diciembre, el U-34 atacó a un destructor republicano que patrullaba a la entrada del puerto de Cartagena. El torpedo falló y fue a estrellase y explotar en la costa. Nadie se preocupó en investigar aquella explosión, por lo que el secreto de la operación se mantuvo. A la noche siguiente, Grosse inició una nueva maniobra de ataque, pero fue abortada por un destructor británico. Al amanecer del 5 de diciembre, se lanzó un nuevo torpedo contra un destructor de la clase Almirante Antequera, sin alcanzarlo. El 8 de diciembre se produjo un nuevo ataque contra un destructor y un nuevo fracaso. El resto del día, el torpedero alemán Wolf patrulló delante del puerto de Cartagena impidiendo nuevas maniobras de ataque. El U-33 no tuvo mejor suerte. Su zona de operaciones tenía menos tráfico y, por tanto, menos oportunidades de ataque. El 2 de diciembre se avistó un convoy, pero las maniobras del destructor de escolta impidieron el ataque. El 5 de diciembre se avistó un destructor oscurecido sin que llegara a ser identificado, por lo que no fue atacado. A la noche siguiente, Freiwald avistó al crucero Méndez Núñez y a dos destructores que tampoco consiguió identificar. El 11 de diciembre, ambos submarinos dejaron sus zonas de operaciones e iniciaron el retorno. El 12 de diciembre, el U-34 fue despachado nuevamente hacia aguas de Málaga.
El submarino republicano
C-3 navegaba en superficie frente a las costas de Málaga. Después de comer, los marineros de la Orden y Lizón subieron a cubierta para tirar por la borda los restos de la comida. En la torreta se encontraba el comandante, Alférez de Navío Antonio Arbona y el Capitán de la Marina Mercante Agustín García. A las 1419 se produjo una explosión en la mitad del buque. Los marineros que se hallaban en cubierta salieron despedidos y cayeron al agua, al igual que el Capitán García. El buque se partió en dos y se hundió rápidamente, arrastrando al fondo al resto de la tripulación. El U-34 se había cobrado su primera presa. El hundimiento del C-3 fue atribuido primeramente a un submarino extranjero, pero la investigación posterior determinó que la causa del hundimiento fue una explosión accidental. ¡Qué lejos estaban los investigadores de la verdad! Una vez más, la presencia de submarinos alemanes permaneció oculta. El 15 de diciembre, los submarinos alemanes volvieron a casa. En 1939, sus comandantes y sus tripulaciones fueron condecorados por Hitler.
Las conclusiones de la Operación Ursula. La Operación Ursula no puede ser considerada un éxito militar debido a la escasez de sus resultados prácticos. Las especiales características de la operación y el secreto bajo el que se desarrolló impidieron una mayor eficacia de los submarinos. Sin embargo, sirvió como entrenamiento para la contienda que habría de venir años después. Durante su desarrollo, los encuentros entre los oficiales alemanes e italianos determinaron que sería la Marina Italiana la que se haría cargo de las operaciones submarinas en el Mediterráneo, dejando el Atlántico bajo control alemán. Por este motivo, no se enviaron más submarinos de reemplazo.
El bombardeo del Deutschland. El 29 de mayo de 1937 el acorazado de bolsillo alemán Deutschland se encontraba fondeado en la bahía de Ibiza junto al destructor Leopard. A las 1912 horas, dos bombarderos republicanos Katiuska lanzaron varias bombas de las que tres alcanzaron al acorazado, provocando 20 muertos y 80 heridos, además de diversos daños en el buque. Como represalia, el 31 de mayo, el acorazado Admiral Scheer y los destructores Seeadler y Albatross realizaron un bombardeo naval contra las instalaciones portuarias y baterías de costa de Almería. El gobierno alemán lanzó un comunicado denunciando los ataques contra buques italianos y alemanes, advirtiendo de la toma de medidas para evitarlos. Entre el 1 y el 7 de junio, varias unidades de superficie fueron enviadas a aguas españolas. También se enviaron a los submarinos U-28, U-33, U-34 y U-35...

BAUTISMO DE FUEGO DEL ARMA SUBMARINA.-

EVACUACION DEL PEÑON DE VELEZ.-
El 18 de agosto de 1916, al mando del capitán de corbeta don Fernando de Carranza Reguera, daban comienzo en Estados Unidos las pruebas de mar del submarino tipo Holland que el gobierno español había encargado a los astillero Fore River & Co., de Quincy Massachussetts. Bautizado con el nombre de Isaac Peral, con él comenzaba la presencia de sumergibles en nuestra Armada, una Armada que por aquellas fechas empezaba a levantar cabeza, resurgiendo de sus cenizas, tras el aún reciente descalabro sufrido como consecuencia de las pérdidas coloniales de Ultramar.
Tras una interminable fase de pruebas de mar (fue el primer buque de la Armada que montó motores diesel, y su puesta a punto resultó muy compleja), que habrían de durar hasta las Navidades de 1916, y ante la inminente entrada de los Estados Unidos en la primera Guerra Mundial, el peligro de que el sumergible fuera incautado por el país constructor era evidente. Esta circunstancia, que hacía peligrar seriamente la presencia en nuestra Armada de nuestro primer y ansiado submarino operativo, llevó al mando a tomar una decisión nada habitual, y quizá única en la historia naval militar española: escaparse, dándose a la fuga, para dirigirse a las islas Canarias, la España más occidental. La empresa no era nada fácil, pues el barco no estaba alistado en su totalidad y la distancia que tenían por la proa no era nada despreciable: 4000 millas.
Así, el 26 de febrero de 1917, el sumergible comenzó la aventura de la travesía Atlántica. Tras un viaje lleno de inquietudes y sobresaltos, lograron llegar al puerto de Las Palmas, convoyados por el trasatlántico Claudio López, el 12 de marzo.
Mes y medio después, el 26 de abril, a las 1700 horas, el flamante Isaac Peral enfilaba la bocana del puerto de Cartagena, donde llegó en olor de multitudes, como no podía ser de otra manera. La recién nacida Flotilla de Submarinos acababa de incorporar su primera unidad. La Armada estaba de enhorabuena. A este Isaac Peral, que había de ser huérfano de hermano gemelo, pronto se le unirían ese mismo año de 1917 los “trillizos” italianos que habrían de constituir la serie “A”: el Narciso Monturiol (A-1), el Cosme García (A-2), y el A-3, que nunca ostentaría nombre. Pronto estos buques comenzaron a hacer diferentes prácticas de inmersión en aguas cercanas a Cartagena, y los elogios no tardaron en estar en boca de todos. Tanto es así que el gobierno apostó de pleno por la nueva arma, contratando, en abril de 1919, con la sociedad Española de Construcción Naval la construcción de media docena de unidades, que conformaría la serie “B”.
El primero de ellos, el B-1, se entregaría a la Armada en 10 de enero de 1922, y pronto habría de entrar de lleno, cogido de la mano del Isaac Peral, en los anales de nuestra historia naval reciente.
Hasta este año, 1922, la flotilla, a la que ya se había unido el buque de salvamento Canguro y algunos torpederos que actuaban como buques de apoyo, se había dedicado a hacer cruceros por diferentes puertos del Mediterráneo. Su presencia despertaba inusitado interés. La gente se agolpaba en las escolleras de los muelles para verlos evolucionar y cada vez su radio de acción empezaba a ampliarse. Pronto habrían de cruzar el estrecho de Gibraltar y el océano Atlántico, con toda su grandeza.
Desde las islas Canarias hasta la cornisa cantábrica, sus puertos fueron visitados por nuestros primeros submarinos. En uno de estos viajes, el 22 de agosto de 1919, S.M. el Rey don Alfonso XIII hacía inmersión por primera vez en uno de ellos: el honor le cupo al Narciso Monturiol (A-1), en aguas cercanas al palacio de La Magdalena, en Santander. Los elogios del monarca venían a corroborar los del resto de los españoles, que ya se habían deleitado con la presencia de los sumergibles. Las crónicas de la época hablan de que “S.M. el Rey ha quedado tan complacido, que ha ordenado al Ministro la publicación en el Diario Oficial de Marina de una circular que exprese su Real agrado y la satisfacción que había experimentado por el alto grado de eficiencia de nuestros nuevos buques, a cuyas dotaciones felicita pública y efusivamente para conocimiento de la Marina toda”. En medio de este ambiente de demostraciones y sus consecuentes efusivas felicitaciones, transcurren los cinco primeros años de vida de la nueva arma.
Pero habría de llegar la primavera de 1922 y con ella el bautismo de fuego para los sumergibles. Era Semana Santa, y en las calles de Cartagena se recordaba como todos los años la pasión de Cristo. El ambiente festivo que vivía la ciudad por una vez no se contagiaba a las dependencias militares, sino todo lo contrario. Las noticias que llegaban procedentes de Marruecos no podían ser más alarmantes. Las kabilas morunas se habían sublevado contra la presencia militar española y las distintas guarniciones repelían como podían los ataques, pero en una de ellas, enclavada en la costa del Rif, la situación era realmente grabe: el peñón de Vélez de la Gomera. Las dimensiones del minúsculo peñón (bajo soberanía española desde el siglo XVI), 360 m de largo, por 109 de ancho, y con una elevación máxima de 77 m, lo convertían en una verdadera “ratonera” para sus habitantes. El censo de población civil rondaba las 100 personas, más la guarnición militar, que triplicaba el número. Todos ellos, asediados varios días bajo el fuego enemigo, estaban en una situación cada vez más insostenible. La lluvia de balas era incesante, y su evacuación no podía ni debía hacerse esperar. Cualquier intento de salvar a la angustiada población debía hacerse por mar, así que el ministro de Marina, don José Rivera y Álvarez de Canero, que acababa de estrenar el cargo hacía tan sólo unos días, fue el encargado por el gobierno de tomar las riendas del problema.
¿Qué barcos podían acercarse lo más discretamente posible? La respuesta era bien sencilla: a la flotilla de submarinos la había llegado la hora de la verdad, Atrás quedaban cinco años de salir en la prensa colmados de elogios y de recibir visitas de personalidades civiles y militares.
El jefe de la Estación de Submarinos, y capitán de fragata don Mateo García de los Reyes, recibe órdenes concretas de Madrid: dos submarinos debían ser alistados para salir urgentemente hacía el peñón e intentar evacuar a su población civil. Como buque desde el que se coordinaría la acción es designado el acorazado España. El jefe de la Flotilla llama a su despacho a los tenientes de navío don Casimiro Carre Chicarro, comandante del Isaac Peral y don Francisco Regalado Rodríguez, comandante del submarino B -1.
Allí les explica la situación y pronto se diseña una orden de operaciones. El tiempo apremia y corre contra los habitantes del peñón. Los dos submarinos fueron rápidamente alistados, y ese mismo día, al anochecer, abandonan Cartagena. El jefe de la Flotilla quiere dirigir personalmente la primera acción de guerra de sus submarinos. Quiere estar con su gente, para lo que pide autorización al ministro, que no duda en acceder a lo solicitado.
Arbola, pues, su insignia en el Isaac Peral y se hacen a la mar. Por su popa, en línea de fila, el B-1 le sigue aguas a poca distancia. Atrás quedan los ecos de los tambores de la semana santa, y por la proa una misión desconocida. Las dotaciones hacían conjeturas acerca del viaje. A bordo se sabia que la situación en el Marruecos español era un poco delicada, pero poco más. Nada más salir de la bocana, los motores fueron puestos al límite de sus posibilidades; la velocidad tenia que ser la máxima. El levante sopla con fuerza, y los barcos toman la mar de la peor forma: de través. Esto hace que la velocidad media este por debajo de la deseable, y en consecuencia los barcos sufren más de la cuenta. Con la mar castigándoles durante toda la travesía, los dos submarinos llegan a Melilla. Mientras el jefe de flotilla y los comandantes rinden visita al gobernador militar y ultiman el plan, las dotaciones reparan no pocas averías. El embrague de un motor del Peral tiene problemas, así como todos los elementos de cubierta de ambos buques: antenas de TSH partidas, a los botes salvavidas, que eran de lona, se les han reventado las costuras, las cabrias se han salido de su basada.... Al caer la tarde, los dos submarinos están de nuevo "listos para desempeñar comisión”. El capitán de fragata García de los Reyes enseña con orgullo sus barcos al gobernador militar, que queda entusiasmado. La misión encomendada, ahora si, se hace publica a las dotaciones, a los que el gobernador alienta y estimula con unas palabras: “lo que ustedes van a realizar, ya se ha intentado sin éxito, pero he quedado gratamente impresionado con esta mi primera visita y no tengo duda de que van a lograr los objetivos que el gobierno se ha propuesto”. El jefe de Flotilla y el gobernador se funde en un abrazo y, acto seguido, las dotaciones ocupan sus puestos de “babor y estribor de guardia”, abandonando Melilla al caer la tarde.
Durante la noche se efectúa el tránsito en superficie, y al alba, el peñón se presenta ante ellos. La mar y el viento han caído bastante. Las condiciones meteorológicas empiezan a ponerse a favor. Junto a los submarinos se encuentra el "España", cuyo comandante envía al amanecer un bote al Peral. El comandante del acorazado desea una última toma de contacto con el jefe de flotilla, que acude a bordo. Los submarinos, mientras tanto, permanecen en superficie, expectantes. Pasan varias horas cuando, a media mañana, el palo popel del "España" iza al viento una señal táctica de banderas que tiene como destinatario a los submarinos: “Q. O. O.”, que significa “alistarse para inmersión”. Rápidamente los segundos comandantes hacen ejecutar la orden y en unos minutos los dos submarinos se encuentran listos para hacer inmersión, a la espera del regreso del jefe de flotilla, que lo hace minutos después a bordo de una gasolinera, uno de los botes autopropulsados del acorazado.
Una vez el jefe a bordo del Peral los dos submarinos hacen inmersión y se dirigen al peñón a cota periscópica. No ha pasado una hora cuando el Peral pasa frente a la caleta del cementerio. La distancia a tierra es muy pequeña, apenas 100 metros, y desde el periscopio se pueden observar algunas personas que señalan con sus dedos las estelas que los mástiles van dejando. Mientras el B-1 se mantiene en retaguardia, a la expectativa de acontecimientos, el Peral rodea la caleta e intenta meterse en la pequeña ensenada que hay entre el peñón y la costa.
La maniobra es delicada, y entraña el peligro de encallar, con lo que toda la operación prevista podía irse al traste.
Desde el periscopio se observa cómo se desprenden trozos de roca de los impactos de bala enemigos que siguen haciendo blanco en el peñón. El espacio donde el submarino debe revisarse es muy pequeño, pero el buque ciaboga muy bien y su comandante consigue aproarlo al lugar previsto. Se soplan lastres y, tras una blanca burbuja de espuma, el Peral emerge ante los ojos atónitos de la gente que contempla la escena. La escotilla superior de la torreta se abre, y el primero en asomar la cabeza es el jefe de flotilla. En ese momento, la gente irrumpe en vítores, a los que acompaña una atronadora ovación, que se llega a oír en la cámara de mando, como también se oyen los silbidos de algunos proyectiles, según dejaron escrito testigos presénciales. Entretanto el B-1 hace también superficie y se mantiene al socaire del peñón, a resguardo del fuego enemigo.
El jefe cruza unas palabras con el comandante militar del peñón, a quien propone la evacuación del personal civil cuando anochezca, amparado en las sombras. En ese momento una granada cae a pocos metros del costado del Peral, lo que arranca una nueva salva de aplausos de los espectadores al ver que el barco que ha de salvarse no ha sufrido daños. El comandante militar, cuya respuesta se oye clara mente a bordo, acepta sin dudar el ofrecimiento, pues además tampoco tiene otras alternativas para escoger; así que sobre la marcha acuerdan la hora: “a las 2230 de hoy, estaremos de nuevo en este punto”, apostilla el jefe de flotilla, que puntualiza: “el submarino meterá la proa en la caleta y un bote del España hará el barqueo de niños, mujeres y hombres no combatientes, por ese orden”. El comandante que manda las tropas asediadas se despide del jefe de flotilla, con un escueto “hasta luego”, palabras que éste le repite, mientras ordena al comandante del Peral que ponga rumbo noroeste en “avante a toda fuerza”. Los motores diesel rugen como leones, y comienza la evasión. El B-1, como ha venido haciendo desde la salida de Cartagena, sigue aguas al Peral. Cuando creen estar fuera del alcance de las armas del enemigo el B-1 da una pitada larga, que es interpretada por las tropas moras como un desafío, lo que les hace redoblar sus andanadas, sin resultado, por suerte para los submarinos.
El bautismo de fuego de la bisoña Flotilla acababa de ser realidad. Cuando se alejan un par de millas de la costa, el España, que se había mantenido expectantes, manda apartarse a los submarinos, y envía una serie de andanadas con su artillería de grueso calibre (según prensa de la época, entre 30 y 40 proyectiles), que son suficientes para hacer callar la artillería enemiga. Cuando cesa el fuego del acorazado, de nuevo envían una gasolinera que se acerca al Peral para recoger al jefe.
El mando del "España" está ávido de noticias. El jefe permanecerá a bordo el resto del día, ya no regresará a los submarinos hasta las 2130 de la noche. A esa hora, faltan sólo 60 minutos para estar en el punto convenido con el comandante militar del peñón, que está a dos millas. Los submarinos se encuentran en superficie, con los motores diesel parados y en oscurecimiento total. La mar está en calma y nada rompe el silencio de la noche, sólo el suave roce de las olas que besan los lastres, cuando se empiezan a oír los motores de dos gasolineras del "España" que se dirigen a los submarinos, que apenas se siluetean en la oscuridad de la noche, que es cerrada.
El comandante que manda las tropas asediadas se despide del jefe de flotilla, con un escueto “hasta luego”, palabras que éste le repite, mientras ordena al comandante del Peral que ponga rumbo noroeste en “avante a toda fuerza”. Los motores diesel rugen como leones, y comienza la evasión. El B-1, como ha venido haciendo desde la salida de Cartagena, sigue aguas al Peral. Cuando creen estar fuera del alcance de las armas del enemigo el B-1 da una pitada larga, que es interpretada por las tropas moras como un desafío, lo que les hace redoblar sus andanadas, sin resultado, por suerte para los submarinos. La evacuación sigue al ritmo lento que se ha venido desarrollando toda la noche. Es la única pega que se puede poner a la operación, que por lo demás roza la perfección. A las 0300 horas la maniobra no se puede ni debe demorar más tiempo, pues las corrientes empiezan a abatir el barco, que se ha logrado mantener todo el tiempo en el sitio con ligeras y frecuentes paladas avante y atrás. A esa hora ya hay 58 personas a bordo, pero quedan unas pocas aún. El jefe ordena al comandante que salga de la caleta y entre de nuevo para tratar de mejorar la posición, pero en la maniobra el barco queda iluminado al quedar fuera de la sombra que proyecta la roca, lo que, como era de prever hace que aumenten los disparos desde tierra. De nuevo el barco se aproxima a la caleta, según había ordenado el jefe, y se embarcan otras ocho personas más, que son las últimas.
Acto seguido, comienza la maniobra de evasión, y a las 0330 el Peral se abarloa al España y comienza el desembarco de la gente, que sube a bordo por la escala de botes. Cuando el alba viene a romper las sombras de la noche, todo el personal se encuentra ya sano y salvo a bordo del acorazado. Los niños han dejado de llorar, porque el sueño les ha vencido, ha sido una noche muy larga y movida. Una buena sopa de ajo calienta los estómagos de los adultos y, a continuación, en un local habilitado con coys, que todos encuentran de lo más cómodo, se tumban a dormir. Su odisea ha terminado feliz mente. Por la mañana, en las torretas de los submarinos pueden apreciarse algunos impactos de fusil, que afortunadamente no llegaron a herir a nadie. El comandante del "España" informa del resultado de la acción al almirante jefe del estado Mayor Central, don Gabriel Antón, que ordena al jefe del Estado Mayor de la Escuadra, don Mariano González Manchón, que haga un resumen de los hechos para la orden general de la Escuadra, para que todo el personal tenga conocimiento de ello.
Por esta acción, y tras los informes de la Armada, S. M. El Rey don Alfonso XIII concede al capitán de fragata don Mateo García de los Reyes la medalla Naval, máxima distinción que se otorgaba en aquella época. Dicha medalla fue costeada entre todos los miembros de las dotaciones del Peral y del B-1, y ofrecida a su jefe como muestra de cariño, ya que estaba muy bien considerado entre sus subalternos, por su carácter siempre amable y cordial. Tanto la real orden que concede la condecoración como el resumen de la acción que había ordenado redactar el almirante Antón se publicaron en el Diario Oficial del Ministerio de Marina nº 132, del año 1922. Con posterioridad, un mes después, los dos submarinos protagonistas de la historia volvieron al peñón acompañados por otros submarinos, el A-3, para suministrar víveres a la guarnición militar, en un ambiente mucho menos tenso y más relajado, porque los moros apenas inquietaban ya, entre otras razones porque los cañones del 30,5 del España se habían encargado de silenciar para siempre no pocas posiciones. Al poco, la Medalla Naval que había recibido el jefe de flotilla, se hizo extensiva a los tenientes de Navío Carre y Regalado, comandantes respectivamente del Peral y del B-1. El resto de las dotaciones de los dos submarinos también recibieron otra condecoración, aunque de menor entidad. El bautismo de fuego de los submarinos Españoles ya era una realidad, y el gobierno supo agradecerlo con las condecoraciones concedidas. Tampoco los submarinistas querían ningún otro reconocimiento. Simplemente habían cumplido con su obligación.

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