07 agosto, 2006

EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIO.-

MEMORIAS DE UN FALSO ALMIRANTE.
CON 60 AÑOS, FERNANDO PULIDO, UN CLÁSICO DE LOS TIMOS EN LA COSTA DEL SOL, SE HIZO CON GRANDES SUMAS DE DINERO Y JOYAS SIRVIÉNDOSE SÓLO DE SU LABIA Y DE UN UNIFORME DE LA MARINA DE GUERRA.
Vivía y se comportaba como un verdadero dandy, pero las mentiras le perdían. Fernando Pulido Díaz, alias el almirante, perfeccionó tanto su timo favorito, hacerse pasar por un alto mando de la Marina, que él mismo llegaba a creer por momentos que realmente ostentaba este cargo. Preparaba a conciencia los gestos y vocabulario de un personaje que visitaba sobre todo ciudades con puerto y que se presentaba con altanería en bancos, joyerías o clubes náuticos para dejar tras de sí una estela de pufos. Fue un clásico del timo en la Costa del Sol, donde cuentan que fijó su residencia durante al menos una década, aunque un rosario de antecedentes muestran que en ese tiempo delinquió, siempre con el mismo truco, en ciudades como Gijón, Las Palmas, Bilbao, Salamanca, Granada o Córdoba, entre mutas otras.
Los registros policiales no se ponen de acuerdo sobre el año en que este onubense con fascinación por los embustes vino al mundo. Las fichas sitúan su nacimiento en 1919 y 1923, aunque el inspector jefe Juan Titos, uno de los agentes malagueños que más trato tuvo con él, opta por la segunda. La primera vez que pisó una comisaría en la provincia tendría poco más de 60 años y si hoy siguiera vivo tendría 83 años.
A pesar de que en su expediente policial no hay constancia de que haya vuelto a actuar desde 1998, todavía se guardan en la Comisaría Provincial imágenes para las que posó, altivo, vestido de uniforme. Siempre utilizaba el mismo timo, improvisaba lo justo, cambiando alguna anécdota o chascarrillo, que le servían para personalizar los casos.
Solía irrumpir en los bancos y pedía hablar con el director. Le contaba que había sido destinado en Málaga y que quería abrir una cuenta corriente en la que la Armada le ingresaría su sueldo. Después pedía talonarios y, con el paso de los días, volvía a acudir a la oficina, un tanto contrariado porque debido a un retraso burocrático todavía no le había llegado la mensualidad. Ante un cliente de tanto predicamento, el responsable de la entidad no tenía más remedio que hacer una excepción y darle un adelanto sobre un sueldo inexistente. Según fuentes policiales, este tipo de golpes no le reportaban beneficios superiores a los 1.200 euros, dinero con el que iba sobreviviendo.
Cuando estaba en racha, el almirante visitaba prestigiosas joyerías de la capital, en las que volvía a representar una vida de lujo ficticia. Aparecía en escena a mediodía, cuando faltaba muy poco para el cierre. Hechas las presentaciones, contaba que ese mismo día había atracado en la ciudad y que, acababa de recordar que era su aniversario de boda. Para su amada esposa todo era poco, así que elegía una de las piezas más caras (aquellas que tuvieran piedras preciosas o un reloj de oro...) y después, por qué no, elegía otro pequeño tesoro para él.
Debido al elevado precio de las joyas, era lógico que el almirante no dispusiera de efectivo a la hora de abonar los regalos, así que se ofrecía a pagar con un talón bancario. Normalmente, la operación se cerraba sin incidentes, ya que el joyero, deseoso de cerrar tan suculenta compra, no dudaba de la solvencia y crédito de un cargo que equivalía a un teniente general en los ejércitos de tierra.
Cuando no iba de uniforme solía usar un elegante traje azul hecho a medida y zapatos recién lustrados, recuerdan en la Comisaría Provincial. No se separaba de un maletín de cuero, en el que le encontraron numerosos talonarios o documentos falsificados. Cuentan que solía residir en habitaciones alquiladas en pisos de cierto abolengo. Nadie sabe con exactitud qué treta utilizaba para hacerse huésped en este tipo de casas, pero siempre conseguía rodearse de un halo señorial. También llegó a albergarse varias temporadas en residencias militares, en las que vivía a cuerpo de rey, hasta que le echaban por impago de sus facturas.
Su facilidad de palabra eclipsó a un matrimonio malagueño al que prometió su pensión, a cambio de que la esposa cuidara de él, durante sus últimos años. El almirante, ya anciano, dio un paso más cuando pidió a su cuidadora que acudiera a cobrarle unos cheques falsificados, acto por el que fue detenida, y a través del cual los agentes conocieron su artimaña. "Solía cambiar de apellido en sus golpes, pero su nombre de pila, Fernando, siempre aparecía por algún sitio", recuerda Titos.
En una ocasión, se coló en la celebración de una semana naval y pasó varios días compartiendo mesa y mantel con altos cargos de la Armada española. Aunque aquella vez apostó demasiado. A pesar de que estudiaba a conciencia términos náuticos y disfrutaba incluyéndolos en conversaciones y anécdotas ficticias, fue expulsado después de que un mando le preguntara cuál era la embarcación de la que estaba al mando y confundiera una corbeta con una fragata.
Su avanzada edad hizo que los agentes que habitualmente trataban con él, entre los que se encuentra el actual jefe de Fraudes de la Comisaría Provincial, preguntaran en qué había ocupado su juventud. Su curiosidad provocó una historia, que, teniendo en cuenta su afición a los bulos, creyeron sólo a medias.
Les dijo que tras la Guerra Civil le encarcelaron y obligaron a trabajar en la construcción del Puerto de Cádiz. Se vanagloriaba de ser un habilidoso escribiente –algo que ponían en entredicho ya que cometía numerosas faltas – y contó que, gracias a esta facultad, le liberaron de los trabajos forzados y comenzó a realizar tareas administrativas. Según su testimonio, aprovechó para falsificar cartas de libertad para los presos y, cómo no, hacer negocio con ello. Cuando le descubrieron, Franco le condenó a cadena perpetua.
En la época en la que Plácido Conde era gobernador civil de la ciudad, los agentes consiguieron que autorizara su ingreso en una residencia de ancianos de Antequera. Creyeron que pasaría allí sus últimos años, pero se equivocaron. Días después recibieron una llamada alertándoles de que había tratado de hacerse con la contrata del bar del recinto y que había desvalijado los almacenes.

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