25 julio, 2007

UNA HISTORIA CHUNGA II.-

SOBRE LOS ORIGENES DE LA SEMANA SANTA MALAGUEÑA.
VISIGODOS.
Un buen día los romanos se aburrieron y se fueron y llegaron visigodos, ostrogodos, suevos y alanos, los cuales no han parado de venir desde entonces: no hay más que asomarse por Torremolinos para comprobarlo. ¡Vaya las visigodas que se pueden ver!
Ahora, bien, eso si que si: los posteriores a Recaredo, mucho mas buenos, no vaya a ser que se entere Constanza Velasco…
Y... hasta vándalos llegaron, muy en especial una facción conocida como los etavándalos, y esos, con sus cromosomas especiales y su Rh positivo, en Málaga tienen poco que rascar. Un día, se encontró uno de los etavándalos aquellos que se llamaba Arzakus, a un indígena que salía “colocaíto” de una tasca, perteneciente a una cadena de ellas que había entonces, “Dalegrías”, que ante la presunción biológica del nota, le contestó: Mira, quillo, aquí eso del Rh lo tenemos “dominaíto”: Los lunes, miércoles y viernes, tenemos el Rh positivo. Los martes, jueves y sábados, negativo. Y los domingos, no tenemos Rh. ¿p’a qué?
Así fue como los bárbaros se enteraron de quienes eran los aborígenes. Y, nada mas conocerlos, salieron corriendo casi todos, salvo los suevos - amaban el vino de Ribeiro - y los godos, que se hicieron aficionados a la verdadera Fiesta Nacional: las oposiciones. y si no, que se lo pregunten a D. Manuel Fraga.
ARABES.
Y, mas tarde, con los árabes, llega el refinamiento oriental (y un jamón). Dicen que los benimerines ya hicieron un intento de Semana Santa, pero que los almohades - muy suyos y tan fundamentalistas como siempre - se lo impidieron: la culpa, toda, de Miramamolín, que era un poco mamoncete.
En plenos reinos de taifas, Almotamid, el rey poeta y sevillano, puso cerco a Málaga. Anda que no era listo el tío, quería Málaga, para él: precedente histórico. Y se utilizaron las palomas de Gibralfaro, para avisar del hecho a Granada en demanda de auxilio. Y las palomas “cogieron el seguío” y - entre zegríes y abencerrajes - cuenta la leyenda que:
Una Dolorosa caminaba un día por las calles de Málaga, tras el Señor de la Puente del Cedrón; si señor, feminizado el sustantivo. Se disponía a atravesar cualquiera de los puentes que cruzan ese Cedrón mala­gueño, con tan mala sangre a veces, que es el Guadalmedina, cuando una paloma de Gibralfaro, descendiente, seguro, de aque­llas que los moros malagueños lanzaban al vuelo para avisar a Granada, salió “flechaita, flechaita” hacia la Fuente Genovesa, junto al Hospital Noble. Y era, porque tenía sed. Caía la tarde de primavera y se conoce que también tuvo frío. Por no mojarse la cola, levantó el vuelo y se fue... a posar en la mano de la imagen de la Virgen, sobre la que terminó el desfile sin moverse. Desde entonces, Paloma por Dolores. Los malagueños, en su exageración mariana — que tanto sol en la cabeza es “mu” malo - sacaron de su cuadro madrileño a Nuestra Señora y la hicieron – con la inefable colaboración de Alvarez Duarte - en tres dimensiones, a partir de cuyo instante, sale a la calle cada Miércoles Santo para llenarla y hacerla estallar de fervor y admiración, con su inmensa belleza.
(Suena una “malagueña” del maestro Artola, “Virgen de Gracia”, por ejemplo).
http://www.lapuenteylapaloma.com/
Bueno, pues con tanto “movimiento”, ya os habréis dado cuenta, de que esto del turismo malagueño, no es un invento de Fraga. Es un invento de D. Antonio de Pimentel y otras yerbas, embajador del Reino de España en la corte sueca, donde se ligó a Doña Cristina, la reina, lo que le costó el trono y se la llevó a Sanlúcar la Mayor, para amarla entre naranjos. Desde entones, vienen las suecas.
A ver si os enteráis.
LOS VERDADEROS BARBAROS DEL NORTE.
Antes de mi, ya con los Reyes Católicos, vino una avanzadilla familiar, el general que mandaba el ala oeste de las vanguardias cristianas, D. Rodrigo - Alonso Pimentel. Atacó por Torremolinos – como lo hemos intentado todos - y, durante siglos, la actual Torre de los Molinos, que da nombre al paraje, se conoció como la Torre de los Pimentel. Por eso, me voy a “tirar el rentoy” de precursor semanasantero malagueño, por parte de “mi tío”.
Y antes que yo, también, desde los confines colindantes de la Berbería cristiana, cerca de la Isla del Perejil - por favor - una señora bárbara, pero que muy bárbarísima, venía a Málaga para dar a luz. Pero la cosa no trascendió: el primero de sus vástagos, parecía alemán — bonanovense y el segundo era un guasón de mucho cuidado a quien solo le gustaban las Borrás con trapío y, claro está, ninguno se hizo cofrade: un poco mas y se “me” hacen guanches. Que gente.
En serio: a mi no se me notaba, porque, si bien era verdad que llegaba desde Madrid, antes me “había pegado una pasada” por Ceuta. Y allí, en una Semana Santa que entonces era mixta de ruedas y hombres, me puse, junto a mi padre, mi primer capirote, negro, del Santo Entierro. (Comenzando con “alegría”, si señor y, como siempre me ha gustado, por el final: que desorden, que dirá la sociedad).
Vamos, que llegaba “un poquillo entrenao”.
Y allí escuché, por vez primera, como, lentamente, se me acercaban las largas cornetas africanas; más de uno pensaba que reventarían los cristales de toda la ciudad. Los hombres del dolor de lobo en el corazón, llegaban hasta la Iglesia de Los Remedios, a ciento cuarenta pasos por minuto y al ritmo de su Himno, leales y valientes, marciales y aguerridos. A La Legión se llegaba, como a un matrimonio por amor de verdad y emocionante: no importaba su vida anterior: nunca graciosa huída; siempre apasionada entrega.
Y allí, a la Laureada Banda le oí tocar, por primera vez, “El Novio de la Muerte”. Qué ajenos sus autores a que un día aquella su música y letra, que nació con vocación de canción de cabaret en plena guerra marroquí, terminaría, andando los años, redimida, al acompañar a Cristo por las calles de España, tocada y cantada por los legítimos descendientes del Gran Capitán y el no menos grande y legendario Duque de Alba, con el que, todavía, asustan a los niños en Flandes.
Si el paso corto malagueño – tan marinero - no lo estuviese ya, se inventaría cada noche de Jueves Santo.

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