07 agosto, 2007

CUBA: ¡QUE MAL LO HICIMOS!


LA GUERRA DE LOS DIEZ AÑOS, 1868 – 1878.
Al calor de los acontecimientos que se estaban viviendo en España después del triunfo de la revolución de 1868, un grupo de hacendados, dirigidos por Carlos Manuel de Céspedes, proclamaron la independencia cubana. Fue el llamado grito de Yara, lanzado en el ingenio de La Demajagua el 10 de octubre de 1868. Pronto se sumaron a los hacendados insurgentes importantes grupos de la burguesía cubana y el movimiento fue adaptando su cadencia y sus objetivos reivindicativos a los de la propia revolución española de septiembre. En febrero de 1869 se reunió un Congreso Constituyente en Camagüey y se declaró, entre otras medidas, la abolición de la esclavitud. El 10 abril, en Guáimaro, era aprobada la nueva Constitución y Céspedes fue nombrado presidente de la llamada República en armas.
El capitán general español de Cuba, Lersundi, se vio pronto superado por los acontecimientos, aunque bajo su gobierno se constituyó un grupo de 35.000 hombres, los denominados Voluntarios de la isla de Cuba, formado en torno al casino de La Habana, que en su manifiesto fundacional proclamó: "Cuba será española o la abandonaremos convertida en cenizas". Lersundi fue sustituido a principios de 1869 por Domingo Dulce, que intentó una política de conciliación sin éxito alguno y se vio obligado a dimitir en junio de ese año. Por aquellas fechas, el enviado estadounidense, Sickle, propuso al presidente del gobierno español, Juan Prim – que siempre fue partidario de la Autonomía cubana - la compra de la isla por Estados Unidos. Fracasados los intentos de pacificación y rechazada la oferta estadounidense, el gobierno español adoptó una política de “guerra sin cuartel” frente a los independentistas cubanos.
Antonio Caballero y Fernández de Rodas ocupó el cargo de capitán general de Cuba desde julio de 1869 hasta que también hubo de presentar su dimisión en diciembre de 1870. Le sucedió al frente del gobierno colonial de la isla Blas de Villate, conde de Valmaseda. Ambos intentaron someter la isla a sangre y fuego, especialmente el segundo. Un conjunto de operaciones, como la denominada “campaña de los cien días” de Caballero o las acciones del conde de Valmaseda contra el patriota cubano Antonio Maceo en la provincia de Oriente (integrada por lo que en la actualidad son las provincias de Granma, Guantánamo, Holguín, Santiago de Cuba y Las Tunas) y frente al también independentista Ignacio Agramonte en la zona de Camagüey, fueron favorables a los españoles. Pero las dos partes contendientes veían como se iban desgastando sus fuerzas poco a poco, víctimas de las enfermedades en la manigua y de las continuas escaramuzas, sin que la guerra viera cercano su fin: ni el conde de Valmaseda recibió de la metrópoli los 8.000 hombres que juzgaba necesarios para dominar la insurrección, ni los estadounidenses intervinieron de modo decisivo a favor de los cubanos.
A partir de 1873 la guerra tomó un nuevo impulso. Estados Unidos aprovechó la confusión que vivía España tras la renuncia del rey Amadeo I y la proclamación de la I República, en febrero de ese año, para hacer llegar armas y pertrechos a los insurgentes. El 31 de octubre de 1873, en las costas de Jamaica, cerca de la ciudad de Santiago de Cuba, la fragata española Tornado capturó al Virginius, un buque mercante estadounidense que, al parecer, transportaba armas y municiones. Sometidos a juicio sumarísimo, el capitán y parte de la tripulación y del pasaje fueron fusilados. A duras penas logró el gobierno español calmar el belicismo estadounidense, animado por la prensa intervencionista, con la devolución del buque y la liberación del resto de los tripulantes. Ciertamente, en beneficio de España actuó la inquietud de Gran Bretaña, que recelaba del expansionismo estadounidense en el Caribe y temía que la anexión de Cuba fuera el primer paso para apoderarse de las Antillas británicas.
En Cuba, el conde de Valmaseda, cuyo mandato finalizó en junio de 1872, fue sucedido brevemente por otros dos capitanes generales, sustituido el último de ellos a su vez por Joaquín Jovellar (que desempeñó el cargo desde 1872 hasta 1874, periodo durante el cual tuvo lugar el llamado asunto Virginius), sin que ninguno de ellos obtuviera ningún resultado tangible en su lucha contra los independentistas. El conde de Valmaseda fue nombrado capitán general a principios de 1875, por segunda vez, y el conflicto se fue dilatando en el tiempo, mientras ganaba en atrocidad, al ordenarse el fusilamiento de los prisioneros rebeldes y ser puesta a precio la cabeza de sus dirigentes.
Los cubanos, mandados por Antonio Maceo y Máximo Gómez, lograron apoderarse de la línea fortificada (trocha) que discurría desde la localidad portuaria de Júcaro (en lo que hoy es la provincia de Ciego de Ávila) hasta Morón y extender la rebelión a la provincia de Las Villas (formada por lo que en la actualidad son las provincias de Cienfuegos, Sancti Spíritus, Villa Clara y una parte de la de Matanzas). No faltaban, empero, divisiones entre los mismos independentistas. Céspedes había sido depuesto a finales de octubre de 1873 en la presidencia de la República en armas, y su sucesor, Salvador Cisneros Betancourt, fue cesado en junio de 1875. Tras la breve presidencia de Juan Bautista Spotorno, en marzo de 1876 accedió a la misma Tomás Estrada Palma. El fin de la primera guerra independentista cubana se produjo después de que a principios de 1875 tuviera lugar el regreso de la Casa de Borbón al trono español en la persona de Alfonso XII. En 1876, tras liquidar los últimos brotes de resistencia carlista en el norte de España, el general Arsenio Martínez Campos fue nombrado general en jefe de las fuerzas españolas en Cuba. Al frente de un ejército de 20.000 hombres, Martínez Campos venció a los insurrectos en Oriente y Las Villas y negoció con los sectores más moderados un indulto general, la abolición de la esclavitud y medidas de reforma político-administrativa que facilitaran el autogobierno. El 10 de febrero de 1878 se firmó la Paz de Zanjón y se dio por concluida la llamada guerra de los Diez Años, aunque las hostilidades no cesarían completamente hasta el verano.

Y es que los pueblos, caminan, siempre, hacia la Libertad. Toma nota, Fidel.
CAJAL – EN MEDIO DE UNA ATROZ CORRUPCION - MÉDICO EN LA GUERRA DE LOS DIEZ AÑOS (1874-1875).
Sus primeros meses en la milicia transcurren en el regimiento de Burgos, acuartelado en
Lérida y con la misión de defender los Llanos de Urgel de los ataques de los carlistas. Durante ésa época, Cuba, colonia española aún, libraba una guerra por su independencia, conocida como Guerra de los Diez Años. En 1874 fue elegido por sorteo para un puesto en la Sanidad Militar del ejército español con grado de Capitán destinado a la isla caribeña.
En
La Habana, Cajal se siente atraído por los maravillosos parques y jardines de esta ciudad, así como la flora tropical en general, pues se había fascinado por ella por sus lecturas. Tarda poco tiempo en comprobar, sin embargo, que la admirada manigua soñada, resultaba insoportable para los europeos. La ausencia de la exuberante fauna y flora que se había imaginado más los omnipresentes mosquitos propagadores del temido paludismo consiguieron deshacer por completo el ideal romántico y aventurero que Cajal se había formado. Su padre le había conseguido algunas cartas de recomendación para conseguir un destino favorable, que rehusó utilizar, lo que produjo que le enviaran al peor destino posible: la enfermería de Vistahermosa, en el centro de la provincia de Camagüey, una de las más peligrosas de la isla. Esta labor, en medio de la manigua pantanosa, con soldados enfermos a rebosar de paludismo y disentería, llevó a Cajal, primero al agotamiento físico y a padecer las mismas enfermedades que sus soldados. Cajal siente la enfermedad en carne propia y tras una primera convalecencia en Puerto Príncipe, acaba recalando en la enfermería de San Isidro, aún más insalubre que la de Vistahermosa. Fue trasladado de un lugar a otro hasta poder finalmente regresar a España en junio del 1875 como «inutilizado en campaña» debido a sus enfermedades.
Las experiencias en contacto con el sistema administrativo y militar vividas por Cajal en esta estancia ultramarina fueron para él tan amargas como las enfermedades allí contraídas. Cajal tuvo que enfrentarse al caos administrativo, a la incapacidad e inmoralidad de ciertos gobernantes y mandos del ejército, desde el comandante del puesto, a los cocineros y a la oficialidad del destacamento, que tenían la costumbre de sustraer para sí comida y recursos, que a los enfermos y heridos faltaban. Amargas experiencias, que llevan a Cajal a solicitar la licencia para abandonar Cuba, atendida el 30 de mayo de
1875, tras ser diagnosticado de "caquexia palúdica grave" y declarado "inutilizado en campaña". Debió sobornar al funcionario de turno para conseguir recuperar la mitad de sus pagas atrasadas, que de lo contrario, amenazaban con dilatarse indefinidamente. El regreso a España y los cuidados familiares de su madre y hermanas devolvió a Cajal progresivamente la salud.

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